La fuente presenta un elemento central del método espiritual del convento: la abadesa, al escuchar las dificultades de Eufrasia, le impone tareas «duras y humillantes» para desviar su atención y combatir los efectos del engaño interior, atribuidos en el relato a una perturbación en el cuerpo y en el alma.
Un episodio ejemplar consiste en el traslado de piedras: se le ordena mover un montón de piedras de un lugar a otro; y, una vez terminado, se le ordena repetirlo hacia adelante y hacia atrás «treinta veces». La insistencia numérica subraya la idea de perseverancia y entrega sin buscar atajos.
En esta línea, el relato detalla que Eufrasia realiza con prontitud lo que se le manda: limpia celdas de otras monjas, lleva agua para la cocina, corta leña, prepara pan y cocina los alimentos.
A la vez, se afirma que hay un contraste entre la exigencia de su labor y la vigilancia que mantiene: aunque a veces quien desempeña trabajos arduos puede quedar excusado de ciertos oficios, Eufrasia «no faltaba» a su lugar en el coro. A los veinte años, además, se la describe con especial desarrollo físico y belleza, pero la fuente recalca que su rasgo sobresaliente era la mansedumbre y la humildad.