La historia de Santa Felicidad de Roma es una de las más conmovedoras del martirologio cristiano, celebrada el 23 de noviembre1. Se la recuerda por su fe inquebrantable y el martirio que compartió con sus siete hijos durante el reinado del emperador Antonino Pío, probablemente alrededor del año 162 d.C.1.
El Arresto y el Juicio
Según los relatos, Felicidad era una noble viuda romana que, junto con sus hijos, practicaba activamente la fe cristiana y realizaba obras de caridad1. Su piedad y la conversión de muchos a través de su ejemplo provocaron la ira de los sacerdotes paganos, quienes la denunciaron al emperador. Argumentaron que su negativa a sacrificar a los dioses romanos era una afrenta a la divinidad y una amenaza para el imperio2.
El prefecto Publio fue el encargado de interrogar a Felicidad y sus hijos2. En un primer intento, el prefecto intentó persuadir a Felicidad con promesas y amenazas, instándola a mostrar piedad por sus hijos y a preservar sus vidas. Sin embargo, Felicidad se mantuvo firme, declarando que el Espíritu de Dios en ella la haría victoriosa sobre cualquier asalto. Ella respondió a Publio que su «piedad era impiedad» y sus palabras «crueles»2.
Al día siguiente, Publio volvió a interrogarla, suplicándole que tuviera compasión por sus hijos, quienes estaban en la flor de la juventud. Pero Felicidad, volviéndose hacia ellos, los exhortó con valentía: «Hijos míos, mirad al Cielo, donde Jesucristo con sus santos os espera. Sed fieles en su amor y luchad valientemente por vuestras almas»2. Esta admonición enfureció a Publio, quien ordenó que la golpearan por su insolencia2.
El Martirio de los Siete Hermanos
Tras el interrogatorio de la madre, el prefecto llamó a cada uno de los hijos individualmente, intentando persuadirlos con promesas y amenazas para que adorasen a los dioses paganos2. Sin embargo, todos se negaron rotundamente, inspirados por el ejemplo y las palabras de su madre. Después de ser azotados, fueron devueltos a prisión2.
El prefecto Publio presentó el caso al emperador, quien ordenó que los hermanos fueran enviados a diferentes jueces y condenados a distintas formas de muerte para intentar quebrantar la resolución de la familia y sembrar el terror entre los cristianos2.
Los siete hijos de Santa Felicidad, cuyos nombres eran Januario, Félix, Filipo, Silvano, Alejandro, Vidal y Marcial, sufrieron el martirio de diversas maneras:
Félix y Filipo fueron golpeados con garrotes2.
Silvano (también conocido como Silano) fue arrojado de cabeza al río Tíber2. Su tumba, junto a la de su madre, fue honrada en las catacumbas de Máximo1.
Alejandro, Vidal y Marcial fueron decapitados2.
Finalmente, la misma sentencia de decapitación fue ejecutada sobre la madre, Felicidad, quien fue la última en morir2.
Reflexiones de los Padres de la Iglesia
El martirio de Santa Felicidad y sus hijos tuvo un profundo impacto en la Iglesia primitiva y fue objeto de admiración y predicación por parte de grandes santos.
San Agustín comentó sobre la muerte de Santa Felicidad: «Maravillosa es la visión puesta ante los ojos de nuestra fe. Hemos oído con nuestros oídos y visto con nuestras mentes a una madre eligiendo para sus hijos terminar su curso antes que ella misma, contrario a los instintos humanos. Pero ella no despidió a sus hijos, los envió; los vio comenzar la vida, no terminarla. Renunciaron a una vida en la que tenían que morir, y comenzaron a vivir la vida sin fin. No fue suficiente que ella tuviera que mirar; nos asombramos aún más de que los animara. Fue más fructífera en su valor que en su vientre: viéndolos luchar, ella luchó, y en la victoria de cada uno, ella fue victoriosa»2.
San Gregorio Magno también pronunció una homilía sobre la festividad de Santa Felicidad en la iglesia construida sobre su tumba en la Vía Salaria. En ella, afirmó que esta santa, «teniendo siete hijos, temía tanto dejarlos atrás en la tierra como otras madres temen sobrevivir a los suyos. Fue más que una mártir, pues al ver a sus siete hijos martirizados ante sus ojos, fue en cierto modo una mártir en cada uno de ellos. Fue la octava en el orden del tiempo, pero estuvo desde el primero hasta el último en la angustia, comenzando su martirio en el mayor y terminándolo en su propia muerte. Recibió una corona no solo para sí misma, sino también para todos sus hijos. Viéndolos en tormentos, permaneció constante, sintiendo su agonía por naturaleza como su madre, pero regocijándose por ellos en su corazón por la esperanza»2. San Gregorio también señaló cómo la fe de Felicidad fue victoriosa sobre la carne y la sangre, contrastándola con la debilidad de la fe en muchas personas que no logran controlar sus pasiones o desapegarse del mundo2.
Culto y Veneración
La tumba de Santa Felicidad fue posteriormente ampliada en una capilla subterránea, redescubierta en 18851. Un fresco del siglo VII aún visible en la pared trasera de esta capilla representa a Felicidad y sus siete hijos, con la figura de Cristo sobre ellos otorgándoles la corona eterna1.
Existen referencias históricas a Santa Felicidad y sus hijos que datan de antes de los Hechos escritos sobre su martirio, como un sermón del siglo V de San Pedro Crisólogo y un epitafio métrico atribuido al Papa Dámaso I o compuesto poco después de su tiempo1. Estos testimonios confirman una antigua tradición romana de que Felicidad sufrió el martirio con sus hijos, aunque no detallan los nombres de los hijos1. Es probable que la tradición identificara a los hijos de Felicidad con los siete mártires venerados el 10 de julio, lo que pudo haber formado la base de los Hechos existentes1,3.
La festividad de Santa Felicidad de Roma se celebra el 23 de noviembre1.

