Una ciudad herida
Francisca nació en una Roma muy distinta de la capital esplendorosa del Renacimiento. Los papas habían residido casi todo el siglo XIV en Aviñón, y la ciudad había quedado empobrecida, despoblada y dominada por las facciones nobiliarias que se disputaban el control de barrios y fortalezas. El regreso de Gregorio XI en 1377 no devolvió la paz: al año siguiente estalló el Cisma de Occidente, que dividió la obediencia de los católicos entre varios pretendientes al trono de san Pedro y se prolongó hasta el Concilio de Constanza.
A la inestabilidad política se sumaron las crisis de la vida cotidiana. Las epidemias de peste, las carestías de grano, las inundaciones del Tíber y las ocupaciones militares marcaron toda la existencia de la santa. En ese escenario, la caridad de una mujer casada de la alta sociedad romana adquirió un valor singular: la santidad no brotó en el retiro de un claustro, sino en una ciudad en ruinas que necesitaba brazos, pan y consuelo.
Una familia noble
Su pertenencia a la aristocracia explica tanto los recursos con que contó para socorrer a los necesitados como la naturaleza de las pruebas que le tocó atravesar. Los linajes romanos se hallaban envueltos en alianzas, venganzas y luchas por el poder, y las vicisitudes de una familia poderosa podían precipitarla de la riqueza al destierro en cuestión de meses.




