Orígenes y vida temprana
Humbelina nació en el seno de una familia noble de la región de Borgoña, en el actual territorio francés, durante el siglo XII. Era la única hermana de los hermanos Bernardo, Andrés y Nivard, todos los cuales se destacaron en la vida religiosa. Su familia, conocida por su piedad y conexiones aristocráticas, le proporcionó una educación refinada que incluía habilidades en la música y el canto, así como una apreciación por la belleza y el arte. Desde joven, Humbelina poseía una voz melodiosa y un talento natural para la música, lo que la hacía destacar en los círculos sociales de la nobleza.1
A una edad temprana, Humbelina contrajo matrimonio con Guy de Marcy, un noble de la casa de Lorena. Este enlace la introdujo en una vida de opulencia y diversión, donde las fiestas, los bailes y el esplendor cortesano eran el pan de cada día. Su existencia se centraba en las vanidades del mundo, con poco espacio para la devoción o la oración profunda. A pesar de su belleza y encanto, esta etapa de su vida contrastaba fuertemente con el camino ascético que seguirían sus hermanos, especialmente Bernardo, quien fundó la abadía de Claraval y se convirtió en una figura clave de la reforma monástica.1
Encuentro con san Bernardo y conversión
El punto de inflexión en la vida de Humbelina ocurrió varios años después de la fundación de la abadía de Claraval por su hermano Bernardo. Decidida a visitarlo, Humbelina emprendió el viaje acompañada de un numeroso séquito de sirvientes y ataviada con ropas lujosas que reflejaban su estatus social. Sin embargo, al enterarse de su llegada y del boato que la rodeaba, Bernardo se negó inicialmente a recibirla. Conocedor de la vida frívola de su hermana, desaprobaba esa exhibición de vanidad, que consideraba incompatible con el espíritu evangélico de pobreza y humildad.1
Ante la negativa de Bernardo, Humbelina, aconsejada posiblemente por su hermano Andrés, envió un mensaje humilde solicitando que él saliera del claustro para hablar con ella. Bernardo accedió y, en una conversación franca y afectuosa, le recordó la vida virtuosa de su madre, Aleth, quien había sido un ejemplo de devoción y servicio a Dios. Estas palabras tocaron profundamente el corazón de Humbelina, quien reconoció la superficialidad de su existencia pasada. El encuentro la dejó transformada; al regresar a casa, comenzó a cuestionar su estilo de vida y a buscar un cambio radical.1
Esta visita no solo marcó el inicio de su conversión personal, sino que también influyó en su matrimonio. Con el consentimiento de su esposo, Guy de Marcy, Humbelina decidió consagrar su vida a Dios. Este paso fue extraordinario para una mujer de su época, ya que implicaba renunciar a la comodidad social y familiar en favor de la vocación religiosa.1
