Infancia y juventud
Clarice nació en Vignanello, localidad próxima a Viterbo, en una familia noble. Sus padres fueron Marc’Antonio Mariscotti y Ottavia Orsini. Recibió una educación acorde con su condición social y, durante su infancia, estudió en el convento de San Bernardino, en Viterbo, donde vivía su hermana mayor, Ginevra.2
En su juventud deseó casarse con el marqués Capizucchi, pero él contrajo matrimonio con su hermana menor, Ortensia. La decepción afectó profundamente a Clarice y provocó un conflicto con su padre. Finalmente, este la envió al convento de San Bernardino, la comunidad en la que ella había estudiado y donde ya se encontraba su hermana. Clarice tomó el nombre religioso de Jacinta y abrazó la vida de la Tercera Orden Regular de San Francisco.1,2
Vida religiosa antes de la conversión
Durante años, Jacinta mantuvo en el convento un estilo de vida acomodado, muy distinto de la pobreza propia de la espiritualidad franciscana. Conservó vestidos lujosos, una vivienda confortable y una cocina propia, y recibía visitas con libertad. Su conducta causó escándalo entre las religiosas, pues contrastaba con los compromisos de la vida comunitaria y con el ideal de pobreza que había abrazado. La biografía de la Santa Sede resume esa etapa como quince años entregados a placeres vanos; una enciclopedia católica del siglo XX habla de diez años.1,2
La conversión no llegó de golpe. Durante una enfermedad grave, Jacinta tomó conciencia de la distancia entre su forma de vida y su vocación. En ese proceso resultaron decisivas la oración y las exhortaciones de su confesor. La biografía de la Santa Sede atribuye a Jacinta esta súplica, que expresa el cambio interior que buscaba:
«Dios mío, te suplico: da sentido a mi vida, dame esperanza, dame la salvación».1
Tras recuperarse, pidió perdón a sus hermanas y renunció a sus comodidades. Adoptó una vida austera y orientó sus bienes y energías al servicio de los demás. La tradición biográfica describe sus prácticas penitenciales, su oración y su devoción a la Virgen María, al Niño Jesús, a la Eucaristía y a la Pasión de Cristo. Su penitencia acompañó una intensa actividad caritativa, que ocupó los años restantes de su vida.1,2



