Orígenes en el Darfur y secuestro
Josefina Bakhita nació en torno a 1869 en una localidad del Sudán occidental, en la región del Darfur.1
Los relatos históricos sobre su infancia describen un acontecimiento decisivo: traficantes de esclavos secuestraron a la niña cuando todavía conservaba la edad de la infancia. Algunos discursos pontificios mencionan siete años, mientras otros sitúan el secuestro a los nueve años. En ambos casos, el núcleo del hecho permanece: Bakhita cayó en manos de un sistema inhumano y sufrió una servidumbre cruel y degradante.2,3
En esa situación, los secuestradores impusieron el nombre de «Bakhita», que significa «afortunada». Este detalle convierte un hecho violento de imposición en el origen de una identidad espiritual que, más adelante, Bakhita orientó hacia Dios.3
Venta y experiencias de esclavitud
Los acontecimientos de la esclavitud marcaron profundamente su vida física y moral. Bakhita pasó por varios mercados y fue vendida y revendida repetidas veces.3,1
Los testimonios pontificios reconstruyen su itinerario africano con un acento particular en el dolor y la humillación: Bakhita conoció la brutalidad de los amos y el peso de la violencia que dejó huellas en su cuerpo.4,1
Encuentro con Italia: libertad y transformación
La historia de su liberación entra en escena con la intervención de un comprador. En el relato biográfico, el cónsul italiano Callisto Legnani adquirió a Bakhita hacia 1883 y llevó a la joven a Italia en 1885.1
El paso por ciudades italianas culminó en un proceso de adaptación y cuidado. Bakhita pasó por la experiencia de ser tratada con un trato menos cruel y, sobre todo, llegó a reconocer que su vida cambiaba de manos: el señorío dominante de la violencia no ocuparía el lugar de la vida nueva que Dios preparaba para ella.1,2
En ese camino, Bakhita no permaneció encerrada en el mero alivio: orientó la libertad hacia una búsqueda interior. Los hechos biográficos describen su deseo de conocer a Dios, una inquietud espiritual que ya existía en su corazón incluso antes de reconocer el rostro del Dios cristiano.1
Bautismo y nueva identidad cristiana
Llegó el momento sacramental que cambió su historia. Tras un periodo de catecumenado, Bakhita recibió el bautismo el 9 de enero de 1890, incorporándose a la fe cristiana con el nombre de Giuseppina.1,3
Bakhita vivió ese día como una ruptura luminosa con el pasado. El relato biográfico la muestra expresando una alegría profunda al reconocer una filiación nueva: «Aquí soy hija de Dios».1
Vocación canossiana y vida religiosa
Poco después de su incorporación a la fe, Bakhita dio un paso decisivo en dirección a una vida consagrada. Entró en el noviciado de las Hijas de la Caridad de Canossa y emitió sus votos religiosos el 8 de diciembre de 1896.3,1
La tradición sobre su vida religiosa subraya un rasgo constante: Bakhita vivió la obediencia en una entrega cotidiana, humilde y escondida, pero llena de caridad real y perseverante.5
En el conjunto de su existencia, Bakhita no separó la oración de la acción. Su manera de vivir la fe integró la fidelidad a Dios con una disponibilidad constante hacia las personas que pedían ayuda.5
La misión en Schio: «Madre Moretta»
Los acontecimientos de su madurez religiosa se concentraron durante décadas en Schio, donde residió durante casi toda su vida.5,6
Los habitantes de Schio la reconocieron pronto con un apelativo afectuoso: la llamaron «Madre Moretta». Su presencia generó una impresión estable en el tiempo: aportaba una humanidad rica, una fuerza interior particular y una capacidad de acompañar el dolor ajeno.5
Su vida se orientó a una práctica constante de caridad y de oración, con un «aliento misionero» que mantuvo su disponibilidad abierta a las necesidades de quienes tocaban su puerta.5
La biografía pontificia presenta además su servicio concreto en tareas sencillas y humildes: Bakhita realizó oficios como cocina, sacristía, portería, costura y trabajos de huerta, siempre con fervor religioso y ardor de caridad.3



