Juana de Arco, cuyo nombre en francés era Jeanne d’Arc, nació el 6 de enero de 1412 en Domrémy, un pequeño pueblo en la región de Champaña, en la frontera entre Francia y Lorena1,2. Sus padres, Jacques d’Arc e Isabelle Romée, eran campesinos piadosos y de buena posición económica3,1,2,4. Desde su infancia, Juana recibió una sólida formación religiosa, marcada por la espiritualidad del Nombre de Jesús y María, influenciada por San Bernardino de Siena y difundida por los franciscanos3. Aunque nunca aprendió a leer ni a escribir, era muy hábil en las labores domésticas como coser y hilar1,2. Los testimonios de sus vecinos durante el proceso de rehabilitación la describen como una niña excepcionalmente piadosa, seria para su edad, que a menudo se arrodillaba en la iglesia en oración y mostraba gran compasión por los pobres y enfermos1,2.
A la edad de trece años, Juana comenzó a experimentar manifestaciones sobrenaturales3,1. Inicialmente, escuchó una única voz acompañada de una luz brillante, que gradualmente se multiplicó, permitiéndole ver a sus interlocutores1. Identificó estas voces como las del Arcángel San Miguel, Santa Catalina de Alejandría y Santa Margarita de Antioquía1,5. Estas voces le revelaron su misión divina: liberar a Francia de la ocupación inglesa y asegurar la coronación del Delfín Carlos VII1,5. Su respuesta inmediata a este llamado fue un voto de virginidad y un compromiso renovado con la vida sacramental, incluyendo la participación diaria en la Misa, la confesión y comunión frecuentes, y largos períodos de oración silenciosa ante el Crucifijo o la imagen de la Virgen3.

