Familia y contexto religioso
Juana de Lestonnac nació en Burdeos en el seno de una familia noble. Su padre, Ricardo de Lestonnac, profesaba la fe católica; su madre, Juana Eyquem de Montaigne, había abrazado el calvinismo. El conflicto religioso que dividía Francia durante las guerras de religión también afectó a la vida familiar de los Lestonnac.3
Por línea materna, Juana era sobrina del escritor y pensador Michel de Montaigne, una de las figuras intelectuales más relevantes de la Francia del siglo XVI. Su padre quiso que recibiera el bautismo católico, a pesar de la oposición de su esposa. Juana fue bautizada con el nombre de su madre y recibió posteriormente la confirmación.1,3
Durante su infancia recibió educación de preceptores calvinistas. En la adolescencia, sin embargo, entró en contacto con los jesuitas, cuya presencia comenzaba a consolidarse en Burdeos. La espiritualidad de la Compañía de Jesús influyó profundamente en su formación y en su futura concepción de la vida apostólica.1
Matrimonio y maternidad
Juana sintió desde joven inclinación hacia la vida consagrada y manifestó su deseo de permanecer célibe. A los diecisiete años aceptó, por obediencia a sus padres, el matrimonio con Gastón de Montferrand, noble francés de reconocida rectitud y religiosidad. La unión duró veinticuatro años y fue presentada por la Iglesia como un ejemplo de matrimonio cristiano.2,3
El matrimonio tuvo siete hijos, tres de los cuales murieron durante los primeros años. Juana educó a sus hijos en la fe católica y atendió también la administración de la casa y la formación religiosa de las personas que dependían de la familia. Dos de sus hijas abrazaron la vida religiosa, otra contrajo matrimonio y el hijo varón heredó el nombre y los bienes familiares.1,3
Su vida matrimonial no constituyó para ella una interrupción de la vocación cristiana. Juana entendió las responsabilidades familiares como un camino de santificación y procuró unir la oración, la educación de los hijos, la ayuda a los pobres y la fidelidad a los deberes de su estado.3
Viudez y búsqueda de la vida religiosa
Gastón de Montferrand murió en 1597, después de veinticuatro años de matrimonio. Tras la muerte de su esposo, Juana organizó la situación de sus hijos y aseguró su porvenir. Una vez cumplidas esas responsabilidades, volvió a considerar la posibilidad de consagrarse enteramente a Dios.1,2
Durante un tiempo ingresó en el noviciado de las religiosas bernardas reformadas, conocidas como folliantes, en Toulouse. Aquella experiencia no prosperó: la edad de Juana y la dureza de la disciplina afectaron a su salud, por lo que abandonó el noviciado después de unos seis meses. El fracaso de esta tentativa no significó el abandono de su vocación, sino una nueva comprensión del camino que Dios podía pedirle.1
Juana descubrió que su misión no consistía principalmente en retirarse de la sociedad, sino en trabajar en medio de ella. Su espiritualidad combinó la oración, la penitencia y la actividad apostólica, especialmente al servicio de la juventud femenina.1,2





