Imitación de la Virgen María
La característica principal de la espiritualidad de Santa Juana de Valois fue la imitación de las virtudes de María. La fundadora compuso para su orden una regla conocida como Las diez virtudes de la Bienaventurada Virgen María. La finalidad de la vida religiosa consistía en contemplar esas virtudes y reproducirlas en la existencia diaria.
Entre esas virtudes ocupaban un lugar privilegiado:
Juana contemplaba especialmente a María en el misterio de la Anunciación. La Virgen escucha al ángel, recibe la voluntad divina y responde con obediencia. Para Juana, ese episodio mostraba el modelo de toda vocación cristiana: Dios llama, la persona acoge su palabra y transforma esa acogida en servicio.
Humildad
La humildad de Juana no significaba desprecio de la dignidad humana ni debilidad de carácter. Pío XII la describió como una virtud que permite dominar los impulsos, conservar la serenidad en medio de las injurias y orientar la mirada hacia Dios.
Juana practicó esta humildad en situaciones concretas: aceptó una infancia solitaria, soportó un matrimonio impuesto, afrontó el rechazo de su esposo y asumió la pérdida de su dignidad real. Su humildad tampoco le impidió defender la verdad durante el proceso matrimonial. Primero presentó su causa; después, una vez pronunciada la sentencia, recibió el resultado con espíritu de fe.,
Obediencia
La obediencia mariana ocupó otro lugar esencial en su vida. Juana obedeció a sus padres y aceptó el matrimonio dispuesto por su familia, aunque aquella unión le causó sufrimientos profundos. Más tarde, orientó su vida según la voluntad de Dios y aceptó abandonar la corte para cumplir la misión fundacional que había discernido.
La obediencia que propuso a sus religiosas no consistía en una sumisión ciega a cualquier voluntad humana. Su modelo era la obediencia de María a Dios: una respuesta libre, consciente y amorosa a la gracia. Por eso, la vida de las Anunciadas debía combinar disciplina comunitaria, oración, silencio y docilidad espiritual.
Cruz, penitencia y caridad
La devoción a la cruz acompañó a Juana desde su juventud. Sus sufrimientos matrimoniales y políticos adquirieron para ella un sentido cristiano al contemplarlos unidos a la pasión de Jesucristo. Practicó también austeridades corporales y dedicó largas horas a la oración.,
La penitencia nunca quedó separada de la caridad. Juana destinó recursos a los pobres, atendió a los enfermos y gobernó el ducado de Berry con preocupación por el bien común. Su espiritualidad unía contemplación y servicio: la oración debía transformar la conducta y producir misericordia hacia los necesitados.,