Huida desde Iconio
La tradición más difundida presenta a Julita como una mujer cristiana de noble linaje y grandes posesiones en Iconio, ciudad de Licaonia. Durante una persecución habría abandonado su tierra para buscar refugio, acompañada por su hijo pequeño y dos sirvientas. Primero habría llegado a Seleucia y después a Tarso, donde la persecución también estaba activa.
El relato describe a Quirico como un niño de corta edad. Algunas versiones hablan de tres meses, mientras que otras lo presentan con tres años. Esta divergencia manifiesta la evolución literaria de la leyenda y aconseja no tratar una edad concreta como dato histórico seguro.,
Juicio en Tarso
En Tarso, ciertos funcionarios habrían reconocido a la familia y conducido a Julita ante el tribunal. El gobernador le preguntó por su nombre, condición y patria. La tradición afirma que ella respondió únicamente: «Soy cristiana». El relato convierte esta respuesta en una profesión de fe y en el centro espiritual de su testimonio.
El juez ordenó someterla a tormento. Mientras la conducían, separaron de ella a su hijo. Quirico habría llorado y tendido los brazos hacia su madre, que permanecía firme en la confesión de Cristo. El gobernador intentó calmar al niño, pero este continuó llamando a Julita.
Muerte de Quirico
La escena más conocida de la pasión relata que Quirico, al intentar acercarse a su madre, arañó y golpeó al gobernador. Encolerizado, el magistrado lo habría arrojado por las escaleras de su tribunal, causándole la muerte. Julita, lejos de renegar de su fe, habría dado gracias a Dios porque su hijo recibía la corona del martirio.
Este episodio posee un marcado carácter hagiográfico. La narración pretende mostrar la unión espiritual entre madre e hijo y presentar la fe del niño como una participación plena en el testimonio cristiano. La historicidad concreta de la escena no puede establecerse con seguridad a partir de las fuentes antiguas conservadas.
Martirio de Julita
Después de la muerte de Quirico, la tradición cuenta que Julita sufrió nuevos tormentos y fue decapitada. Sus cuerpos habrían quedado expuestos junto a los cadáveres de otros condenados, hasta que las dos sirvientas los rescataron y sepultaron en secreto en un campo próximo a la ciudad.
Una vez restablecida la paz para la Iglesia bajo Constantino, una de las sirvientas habría revelado el lugar de la sepultura. Los cristianos acudieron entonces a venerar a los dos mártires. Este motivo narrativo -la ocultación de los cuerpos y su posterior descubrimiento- aparece con frecuencia en relatos antiguos de mártires, por lo que conviene distinguir su valor devocional de su comprobación histórica.