Justa y Rufina eran hermanas que vivían en Sevilla (Hispalis en la época romana) y se dedicaban a la alfarería, un oficio que les proporcionaba su sustento1,2. Ambas eran cristianas devotas y, en su vida diaria, demostraron una fe inquebrantable2.
Durante la persecución del emperador Diocleciano, se negaron a participar en las supersticiones idólatras de la época1,3. Específicamente, rechazaron vender sus vasijas de barro para ser utilizadas en ceremonias paganas1. En respuesta a su negativa, los adoradores paganos destruyeron sus existencias de mercancía1. Justa y Rufina respondieron a este acto derribando una imagen de una diosa pagana, lo que provocó que el pueblo las acusara ante el gobernador1.
El prefecto Diogeniano las interrogó y, al confesar valientemente su fe en Cristo, ordenó que fueran torturadas1,4. Fueron estiradas en el potro y sus costados fueron desgarrados con garfios1,4. A pesar de las crueles torturas, su fidelidad a Cristo no se quebrantó1. Se colocó un ídolo cerca del potro con incienso, ofreciéndoles la libertad si ofrecían sacrificio, pero ellas se mantuvieron firmes1.
Finalmente, Justa murió en el potro, mientras que Rufina fue estrangulada por orden del juez1. Sus cuerpos fueron quemados1. El martirio de Justa y Rufina ocurrió en Sevilla, y aunque sus actas son consideradas poco fiables en cuanto a detalles específicos, la existencia y el culto temprano de estas mártires son históricamente aceptados en la Iglesia española1,5. Algunas fuentes sugieren que el obispo de Sevilla, Sabino, quien asistió al Concilio de Iliberis (287 d.C.), estaba presente durante el martirio de Justa y Rufina en el año 303 d.C.6.

