Colombia entre los siglos XIX y XX
Laura Montoya nació en una Colombia marcada por la inestabilidad política y por frecuentes guerras civiles. Las divisiones entre sectores políticos afectaron a la población, dificultaron el desarrollo económico y provocaron la muerte violenta de numerosas personas, entre ellas el padre de Laura. La documentación histórica describe la vida política colombiana del periodo como una sucesión prolongada de conflictos internos.
La Constitución colombiana de 1886 reconocía la importancia pública de la religión católica y vinculaba la educación con la formación cristiana, aunque también garantizaba cierta libertad de culto y la independencia de la Iglesia respecto del poder civil. Un concordato firmado entre Colombia y la Santa Sede en 1887 reguló las relaciones entre ambas instituciones.
La situación de las regiones apartadas contrastaba con la de las ciudades. Mientras las instituciones educativas y religiosas tenían mayor presencia en los núcleos urbanos, amplias zonas rurales y selváticas carecían de escuelas, sacerdotes y vías de comunicación. La actividad misionera exigía largos desplazamientos por territorios difíciles y una notable capacidad de adaptación.
La cuestión indígena
Los pueblos indígenas sufrían exclusión política y social. La distancia geográfica, la falta de infraestructuras y los prejuicios culturales dificultaban su integración en la vida nacional. Laura percibió que aquella marginación también afectaba a la evangelización: muchas comunidades no habían recibido una formación cristiana estable y permanecían alejadas de la atención pastoral ordinaria.
Su respuesta combinó la fidelidad a la fe católica con el respeto a la cultura indígena. Laura no buscó convertir a los indígenas en una copia de la población urbana, sino llevarles el Evangelio mediante una presencia encarnada en sus circunstancias concretas.
Este principio posee una importancia teológica particular: la fe cristiana puede arraigar en culturas diversas sin perder su identidad esencial. La inculturación -la expresión del Evangelio mediante formas comprensibles dentro de una cultura- no consiste en disolver el cristianismo, sino en permitir que la misma fe transforme la vida de cada pueblo desde dentro.