Lea vivió en Roma durante la segunda mitad del siglo IV. La principal noticia sobre ella procede de la Carta 23 de san Jerónimo a Marcela, redactada en el año 384 con motivo de su fallecimiento. Jerónimo comunica a Marcela que Lea «había partido de este cuerpo» y que sus restos ya habían sido trasladados a Ostia.1
La carta no constituye una biografía completa en sentido moderno. Jerónimo no ofrece datos sobre el nacimiento de Lea, su familia, su matrimonio o las circunstancias concretas de su viudedad. Tampoco aporta una descripción jurídica de la comunidad que dirigía. Su propósito principal consiste en consolar a Marcela y presentar la muerte de Lea como el tránsito glorioso de una mujer que había renunciado a los honores del mundo para entregarse a Cristo.
El testimonio posee, por tanto, un doble valor:
- Valor histórico, porque confirma la existencia de Lea, su relación con Marcela, su liderazgo sobre un grupo de mujeres y su muerte en Roma.
- Valor hagiográfico y pedagógico, porque Jerónimo organiza el relato para enseñar cómo debía vivir una viuda cristiana dedicada a la ascética.
La prudencia histórica exige distinguir entre los hechos que la carta permite afirmar y los rasgos literarios que pertenecen a la interpretación espiritual de Jerónimo.



