La etapa benedictina
La primera comunidad de Ludgarda pertenecía a la tradición benedictina. La Regla de san Benito organizaba la existencia monástica mediante la oración litúrgica, el trabajo, la obediencia, la estabilidad comunitaria y la conversión constante de las costumbres. La vida benedictina tenía como centro el Oficio divino, es decir, la oración pública de la Iglesia celebrada por la comunidad monástica, junto con la lectura espiritual y las tareas ordinarias del monasterio.
Los monasterios femeninos vinculados a la tradición benedictina no constituían una realidad completamente uniforme. Algunas comunidades poseían una intensa actividad litúrgica y cultural; otras estaban más orientadas a la penitencia, la clausura o la asistencia local. La presencia de Ludgarda en Santa Catalina debe entenderse dentro de esta amplia familia espiritual.
El paso a Aywières
Después de aproximadamente doce años en Santa Catalina, Ludgarda recibió consejo para incorporarse a un monasterio que practicaba una observancia cisterciense más estricta. Ingresó en Aywières, a pesar de que allí se hablaba francés y ella nunca llegó a dominar aquella lengua. Su desconocimiento del francés contribuyó a que rechazara cargos de gobierno dentro de la comunidad, actitud que la tradición relaciona con su humildad y con su deseo de evitar honores.
La diferencia entre su etapa benedictina y su vida cisterciense no debe formularse como una oposición absoluta. La familia cisterciense nació del tronco benedictino y conservó la Regla de san Benito como fundamento. La reforma cisterciense buscó, sin embargo, una observancia más rigurosa de determinados aspectos de la vida monástica, con especial atención a la austeridad, la sencillez, la disciplina comunitaria, el trabajo y la centralidad de la liturgia.
Por ello, afirmar que Ludgarda pasó de la vida «benedictina» a la vida «cisterciense» no significa que abandonara una espiritualidad para abrazar otra completamente distinta. Pasó de una comunidad benedictina concreta a una comunidad perteneciente a una reforma monástica que reclamaba una aplicación más exigente del ideal benedictino.
Monjas cistercienses y beguinas
La distinción resulta especialmente necesaria al estudiar la espiritualidad femenina del siglo XIII. Las monjas cistercienses vivían en monasterios reconocidos, bajo una autoridad abacial, con una organización comunitaria estable y una disciplina religiosa definida. La oración litúrgica, la vida común, la obediencia y la permanencia en el monasterio constituían elementos estructurales de su vocación.
Las beguinas, por el contrario, no formaban una orden religiosa única. Habitualmente no emitían votos religiosos solemnes, podían conservar bienes y, en determinadas circunstancias, regresar a la vida secular. Su compromiso se expresaba mediante la oración, la castidad voluntaria, el trabajo y la ayuda a los necesitados.
Ludgarda no fue una beguina. Su itinerario corresponde a una mujer integrada en dos instituciones monásticas sucesivas: primero Santa Catalina, de tradición benedictina, y después Aywières, de observancia cisterciense. La confusión entre ambas realidades empobrece la comprensión histórica tanto de Ludgarda como de la diversidad de la religiosidad femenina medieval.