Infancia y entrada en el monasterio benedictino
Ludgarda fue confiada, a los doce años, al convento benedictino de Santa Catalina cerca de San Trond. La razón que se recoge para esa decisión no es principalmente vocacional, sino económica: el dinero destinado a su dote matrimonial se habría perdido en una especulación comercial, y sin esa dote se consideraba menos probable que encontrara un matrimonio adecuado.
La descripción inicial de su vida es significativa para comprender el proceso espiritual posterior: se subraya que era una joven atractiva, interesada por vestidos y diversiones inocentes, y que al comienzo no se aprecia en ella una vocación religiosa manifiesta. Además, se sugiere un modo de vida relativamente abierto al principio: como si actuase al inicio «como una hospedera», con capacidad para recibir visitas y una cierta libertad de movimiento.
La «conversión» mística: el encuentro con Cristo
El momento decisivo se narra como una intervención de Dios en la vida interior: un día, mientras atendía a una amiga, Cristo se le aparece, mostrando sus santas heridas, y le pide que lo ame «a Él y sólo a Él». La respuesta de Ludgarda es inmediata: acepta a Cristo como su Esposo celestial y, desde ese instante, renuncia a los «asuntos terrenales».
El texto también recoge que algunas monjas que observaban su fervor pensaron que no duraría, pero —según la narración— el impulso no disminuye: más bien se intensifica.
Experiencia de la presencia de Dios en la oración
La tradición afirma que Ludgarda llegó a tener una conciencia tan vívida de la presencia de Dios que, cuando oraba, veía a Cristo «como con ojos corporales». Se describe igualmente la familiaridad con la que hablaba con Él durante la oración y una actitud de disponibilidad: si se la llamaba para cumplir un deber, respondía con una frase breve y expresiva («Espera aquí, Señor Jesús… volveré en seguida»).
Apariciones marianas y otras visiones
Además de la relación con Cristo, se menciona la presencia frecuente de la Virgen María y diversas visiones: Ludgarda habría recibido apariciones de María y, en alguna ocasión, vio a santa Catalina (patrona del convento). En otro momento se afirma que vio a san Juan Evangelista con apariencia de águila.
Participación mística en la Pasión
La vida espiritual de Ludgarda se vincula también a la Pasión: en sus meditaciones sobre el sufrimiento de Cristo se le habría concedido una «participación» mística en los padecimientos del Salvador. Se añade un elemento llamativo: en ocasiones su frente y su cabello habrían aparecido como empapados de gotas de sangre.