Infancia y entrada en el monasterio
Lutgarda nació en Tongeren, ciudad de la actual Bélgica, hacia el año 1182. Pertenecía a una familia acomodada de la burguesía local. Cuando tenía doce años, su familia la llevó al monasterio benedictino de Santa Catalina, cerca de Saint-Trond. La decisión estuvo relacionada con la pérdida de los recursos económicos destinados a su matrimonio, después de una inversión comercial desafortunada.1
Durante los primeros años, Lutgarda no manifestó una vocación religiosa claramente definida. La tradición biográfica la presenta como una joven preocupada por su aspecto, aficionada a la ropa elegante y a los entretenimientos propios de su edad. En el monasterio disfrutó inicialmente de cierta libertad, semejante a la de una residente que todavía no había abrazado plenamente la vida monástica.1
Conversión y consagración
La transformación decisiva de su vida tuvo lugar durante una conversación con un visitante. Según la biografía medieval escrita por Tomás de Cantimpré, Cristo se le apareció y le mostró sus llagas, invitándola a entregarle enteramente su amor. Lutgarda aceptó de inmediato esa llamada y, desde entonces, orientó su existencia hacia la oración, la penitencia y la unión con Jesucristo.1
Su fervor suscitó inicialmente cierta desconfianza entre algunas religiosas, que pensaban que aquel entusiasmo desaparecería pronto. Ocurrió lo contrario: su vida espiritual se hizo cada vez más intensa. La tradición relata que durante la oración experimentaba una conciencia particularmente viva de la presencia de Dios y que hablaba con Cristo con gran familiaridad.1
Lutgarda también habría recibido visiones de la Virgen María, de santa Catalina de Alejandría y de san Juan Evangelista. Algunas narraciones medievales describen fenómenos extraordinarios asociados a sus éxtasis, como la elevación del cuerpo durante la oración o la aparición de una luz sobre su cabeza. Estos relatos pertenecen al género hagiográfico medieval y forman parte de la tradición transmitida sobre la santa.1



