Centralidad de Dios
La espiritualidad de Santa Maravillas se organizó en torno a la primacía absoluta de Dios. El papa Juan Pablo II describió su existencia como una respuesta vocacional austera, animada por una fe heroica y orientada a poner a Dios en el centro.
La expresión «poner a Dios en el centro» no designa una idea abstracta. En la vida carmelitana implica ordenar la oración, el trabajo, las relaciones fraternas, el sufrimiento y las decisiones de gobierno hacia la unión con Cristo. La santa vivió esta orientación mediante la fidelidad cotidiana, sin separar los momentos extraordinarios de la vida espiritual de los deberes ordinarios de una priora y fundadora.
Reparación y oblación
La reparación ocupó un lugar importante en su espiritualidad. Santa Maravillas entendió la oración y el sacrificio como una respuesta de amor ante el pecado, el sufrimiento humano y las necesidades de la Iglesia. La fundación del monasterio del Cerro de los Ángeles expresa este deseo de ofrecer la vida por la Iglesia y por España.
La oblación significa la entrega de uno mismo a Dios. En el Carmelo teresiano, esta entrega adquiere una dimensión eclesial: la religiosa ofrece su vida escondida para que Cristo sea conocido, amado y servido. Las nuevas fundaciones de Santa Maravillas debían conservar precisamente ese espíritu de entrega y recogimiento.
Fortaleza y confianza
Las persecuciones, los desplazamientos y las dificultades de las fundaciones pusieron a prueba su confianza en Dios. El Dicasterio para las Causas de los Santos resume su actitud durante la persecución religiosa mediante cuatro rasgos: reparación, fortaleza, serenidad y confianza en el Señor.
La fortaleza cristiana no equivale a insensibilidad. Santa Maravillas afrontó situaciones dolorosas sin abandonar la paz interior ni la responsabilidad hacia sus hermanas. Su serenidad tenía una base teologal: la certeza de que la vida consagrada pertenecía a Cristo incluso cuando las circunstancias externas amenazaban la estabilidad del monasterio.
Caridad fraterna
Su espiritualidad incluyó una caridad concreta y exigente. La santa atendió a sus hermanas con afecto maternal, pero también con firmeza. En su relación con personas e instituciones necesitadas, canalizó recursos y apoyos hacia quienes podían beneficiarse de ellos.
La Iglesia presentó esta combinación de adhesión a Cristo y amor al prójimo como un rasgo común de los santos elevados a los altares junto con ella. San Juan Pablo II afirmó que, aunque cada uno vivió circunstancias diferentes, todos manifestaron una adhesión perfecta a Cristo y una caridad ardiente hacia el prójimo.