Orígenes patrísticos y medievales
La comprensión de María como cooperadora del Espíritu Santo se remonta a los Padres de la Iglesia, quienes la describían como Nueva Eva y como canal del Espíritu que anima a la humanidad. El Concilio Vaticano II reafirma esta visión al reconocer que la gracia del Espíritu se derrama a través de María, quien «colabora singularmente con la acción del Espíritu Santo»1.
Expansión en América Latina
Durante la evangelización de América, la devoción mariana adquirió expresiones locales. En Ecuador, la «mirabile Vergine di Quito» simboliza la profunda piedad mariana del pueblo, y la veneración bajo títulos como Santa María del Espíritu Santo se integró a la vida litúrgica y cultural2. De modo similar, en Filipinas la Iglesia reconoce la riqueza de las tradiciones marianas, que incluyen títulos que resaltan la acción del Espíritu en la vida de la Madre de Dios3.
Consolidación en la época moderna
El siglo XX vio la promoción oficial de la devoción mediante documentos eclesiásticos que resaltan la relación entre la piedad popular y el Espíritu Santo. El Directory on Popular Piety and the Liturgy señala que la popularidad de la devoción a María bajo este título «es un signo continuado de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia”4.
