La tradición cristiana presenta a María como el lugar personal y vivo donde el Espíritu actúa con plenitud. Esta perspectiva no reduce a María a una figura meramente receptiva, sino que reconoce en ella una presencia plena del Espíritu que la conforma interiormente y la convierte en «morada» permanente del mismo Dios: el Espíritu transforma su vida y sostiene su misión.1
El vínculo entre María y el Espíritu se entiende como un momento culminante dentro de la historia de la salvación: la intervención santificadora del Espíritu en la Virgen de Nazaret aparece como punto decisivo en el despliegue del actuar divino.1
María «concebida por obra del Espíritu» y su «habitación» permanente
La reflexión patrística y litúrgica asocia los textos evangélicos de la Anunciación (cf. Lc 1,35) con el modo de obrar del Espíritu: el Espíritu «cubre con su sombra» y realiza en María una acción que consagra y hace fecunda su virginidad.1
A partir de ese misterio, la tradición aplica a María numerosos títulos bíblicos, cargados de eco: morada del Rey (o cámara nupcial del Verbo), templo (o tabernáculo del Señor), arca de la alianza (o arca de santidad). Estos títulos subrayan la dimensión sagrada del designio divino y el carácter singular de María como estancia del Espíritu.1


