Infancia, ambiente familiar y primera llamada
Carmen creció en un hogar que unía educación humana y formación cristiana. Realizó estudios en instituciones vinculadas a la formación de su tiempo: los jóvenes estudiaban en el Seminario-escuela de Vic, mientras las chicas se educaban en la Escuela del Orden de Nuestra Señora de Manresa. Recibió la primera comunión en Manresa. Durante una visita al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, apareció en su vida religiosa una primera llamada clara: Dios la atraía hacia la consagración.
Acompañó esa disposición el discernimiento exigente que vivió junto a su hermana Melchora, que entró en el Carmelo de Tortosa. En la casa familiar surgió oposición, y Carmen aceptó el combate interior con serenidad, decidida a responder a la voz de Dios.
Discernimiento vocacional y ruptura del compromiso matrimonial
Los padres de Carmen la prepararon para un matrimonio ventajoso. Sin embargo, el director espiritual, don Sebastián Aliberch, le pidió discernimiento serio mediante los Ejercicios Espirituales. Carmen dejó entonces que la luz de Dios aclarase su vocación, y el acompañamiento espiritual la llevó a romper el compromiso matrimonial. En ese momento de decisión, el padre espiritual P. Goberna (jesuita) desempeñó un papel decisivo en su itinerario.
Entrada en la vida religiosa: adoración, Eucaristía y contemplación mariana
En 1869, Carmen ingresó en el noviciado de las Religiosas Adoradoras del Santísimo Sacramento y de la Caridad en Gracia (Barcelona). Allí el P. Goberna ejercía como director. En ese periodo, Carmen profundizó en el deseo de consagración y en la devoción al Santísimo Sacramento. Con esa base eucarística conectó su espiritualidad con la contemplación del misterio de la María Inmaculada, que se convirtió en una forma de comprender su misión.
Carmen no veía su tarea como simple asistencia a casos difíciles, sino como una obra de prevención y preparación. Vinculó la educación de la infancia con la «anticipación» de la providencia divina y con la posibilidad de habilitar a la mujer para desempeñar un papel activo en la sociedad. Además, su pedagogía no vivía una fe teórica: Carmen trabajaba con convicción que los «buenos fines» exigen «buenos principios».
Cambio de instituto y consolidación de una misión formativa
Tras diecisiete meses, Carmen pidió una reorientación y salió del noviciado de las Adoradoras antes de la profesión. En 1873 ingresó en el instituto de las Terciarias Dominicas, luego llamadas Dominicanas de la Anunciata, que en aquel tiempo se dedicaban a la educación femenina. Durante años vivió esa tarea, entregada a la formación de jóvenes.
Con el paso del tiempo detectó dos vacíos que exigían una solución más profunda. Por un lado, buscó la integración plena del instituto en la Iglesia, especialmente en un periodo en el que numerosos institutos no tenían aún votos simples con aprobación pontificia estable. Por otro, quiso ofrecer a la mujer una formación más amplia, con equilibrio entre la cultura religiosa y la cultura general, de manera que el aprendizaje no se limitase al corazón, ni se reduzca a la inteligencia sin virtud.
Fundadora: nacimiento de las «Concepcionistas» de la enseñanza
Para avanzar con ese proyecto, Carmen y siete compañeras emprendieron un camino de discernimiento nuevo. Entraron en contacto con religiosas en Antequera, y allí hallaron apoyo para iniciar una nueva etapa de vida. En 1892, bajo el respaldo de don Manuel Gómez Salazar, arzobispo de Burgos, Carmen dio comienzo a su nueva forma de vida el 15 de octubre de 1892.
El obispo concedió aprobación diocesana y reconoció la obra. En 1893, las constituciones recibieron aprobación, y Carmen profesó su vida religiosa. El proceso incluyó además un decreto de «lode» en 1908 por decisión del papa San Pío X.
Su objetivo primero consistía en formar religiosas y maestras. Carmen pedía que las educadoras se convirtieran en «vasijas» que se llenan de ciencia y virtud mediante el estudio y la oración para después difundir esos dones.