Dolor físico y dolor interior
Las biografías ponen de relieve que toda su vida estuvo «llena de sufrimientos» de índole corporal, a los que se añadían dolores mentales causados por persecuciones y dificultades. Incluso los confesores, al probarla con una dirección exigente, contribuyeron —según la fuente— a aumentar su aflicción dentro de un camino de prueba.
En ese marco, la santidad no aparece como ausencia de dolor, sino como capacidad de ofrecer el sufrimiento: su entrega se manifiesta en una penitencia voluntaria que la tradición describe con rasgos concretos (ayunos rigurosos, uso de disciplinas y otras prácticas austera).
Prácticas penitenciales
Además de lo que le sobrevenía desde fuera, la santa —según las fuentes— se impuso penitencias voluntarias: ayunos estrictos, disciplinas y mortificaciones.
Estas prácticas no se narran como simple heroísmo humano, sino como expresión de una relación de amor: la unión con Cristo sufriente orienta la vida entera a la reparación interior y al bien de las almas.
Acción apostólica mediante la oración y el consejo
Las biografías describen que su oración y su dirección espiritual ayudaron a numerosas personas, y que sacerdotes, religiosos y personas piadosas acudían a ella en busca de luces y consejo.
En consecuencia, su retiro no se interpreta como aislamiento estéril, sino como una forma de fecundidad espiritual: la contemplación se vuelve servicio, y el sufrimiento ofrecido sostiene la vida de otros.