El reconocimiento de María como Madre de Dios (Theotokos) no es solo un honor para ella, sino una afirmación crucial sobre la identidad de Jesucristo1. Desde los primeros siglos del cristianismo, a medida que los discípulos comprendían que Jesús era el Hijo de Dios, también se hacía más claro que María era la Theotokos2. Aunque la expresión «Madre de Dios» no aparece explícitamente en los evangelios, estos se refieren a María como «la Madre de Jesús» y afirman la divinidad de Cristo2,3.
Este título fue objeto de debate en el siglo V, especialmente a raíz de las enseñanzas de Nestorio, quien sostenía que María era solo la madre del hombre Jesús (Christotokos), no de Dios1,4. Nestorio tuvo dificultades para aceptar la unidad de la persona de Cristo y malinterpretó la distinción entre sus dos naturalezas, divina y humana2.
El Concilio de Éfeso (431 d.C.)
El Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, fue de importancia decisiva para clarificar esta verdad5. En este concilio ecuménico, la Iglesia condenó las tesis de Nestorio y proclamó solemnemente que María es verdaderamente la Madre de Dios2,6,4. Esta declaración no significaba que la naturaleza divina de la Palabra o su divinidad hubieran recibido su existencia de la Virgen, sino que el cuerpo santo, animado por un alma racional, que el Verbo de Dios unió a sí mismo según la hipóstasis, nació de ella, y por eso se dice que el Verbo nació según la carne7.
El Concilio de Éfeso confirmó la unidad de Cristo como el Verbo eterno, Dios de Dios, que fue engendrado por el Padre desde siempre y nació en el tiempo de la Virgen María según la carne8. Así, la maternidad de María se refiere a la persona completa de su Hijo, no solo a su cuerpo o a su naturaleza humana9,4. El dogma de la maternidad divina de María sirve como un sello al dogma de la Encarnación, en el que el Verbo asume verdaderamente la naturaleza humana en la unidad de su persona5.

