Las fuentes presentan un punto clave: Santa Mariana no vivió en un convento, porque —se afirma— la Providencia la habría querido «en medio del mundo». Aun así, aspiró a la perfección «como podrían hacerlo los religiosos más observantes».,
Se describe que construyó para sí una forma de soledad doméstica: apartada de las preocupaciones mundanas, se habría dedicado intensamente a la unión con Dios y a una vida penitente.,
En lo relativo a la penitencia, las fuentes —especialmente las biográficas— hablan de austeridades corporales extraordinarias: ayunos rigurosos, disciplinas, mortificaciones y prácticas de mortificación que, en el tono hagiográfico, se presentan como propias de su unión con Cristo sufriente.,,
En particular, se afirma que a los pocos años de su entrega ya destacaba por una atracción marcada por la oración y por la castigación voluntaria del cuerpo; y que, además de manifestaciones de favor divino, fue preservada de la muerte en diversas ocasiones.
La Eucaristía como centro de su vida
Entre los rasgos que aparecen en la tradición sobre su vida destaca el papel de la Eucaristía. La fuente de 1913 relata que, en medio de su ayuno y pobreza de sustento, la que «milagrosamente» la sostendría sería la única porción de pan eucarístico recibido cada mañana en la comunión.
Más que un dato aislado, esta referencia subraya que su austeridad no se entiende como simple autosufrimiento, sino como un modo de vivir de Cristo.