El encuentro místico
Después del bautismo, Agustín, Mónica, Adeodato y algunos compañeros emprendieron el regreso a África. En Ostia, puerto situado en la desembocadura del Tíber, madre e hijo mantuvieron una conversación de gran hondura espiritual. Agustín la describe en el libro IX de las Confesiones.
Ambos contemplaron juntos la belleza de la creación y elevaron su pensamiento hacia la vida eterna. El diálogo avanzó desde las realidades sensibles hasta la verdad divina, desde el tiempo hasta la eternidad y desde los bienes pasajeros hasta la felicidad definitiva en Dios. Este episodio recibe habitualmente el nombre de éxtasis de Ostia, aunque el término debe entenderse en el sentido de una intensa experiencia contemplativa narrada por Agustín, no como una descripción clínica o psicológica moderna.
La escena presenta una espiritualidad compartida. Mónica no desempeña el papel de una discípula pasiva: conversa con su hijo y participa en la búsqueda contemplativa. Agustín reconoce en ella una inteligencia iluminada por la fe y una madurez espiritual capaz de orientar el diálogo hacia Dios.
La muerte de Mónica
Poco después de aquella conversación, Mónica enfermó. Agustín relata que ella ya no mostraba interés por ser enterrada junto a Patricio, deseo que había tenido anteriormente. Al comprender que su verdadera patria estaba en Dios, dejó de considerar decisivo el lugar de su sepultura. Ante quienes temían que muriese lejos de África, respondió: «Nada está lejos de Dios».
Agustín sitúa su muerte en el noveno día de la enfermedad y afirma que Mónica tenía cincuenta y seis años. También indica que él contaba treinta y tres años. La tradición más difundida fecha la muerte en el año 387, aunque la edad transmitida por Agustín y las cronologías posteriores no siempre encajan de manera exacta. Por ello, conviene presentar el año 387 como la fecha tradicionalmente aceptada, sin atribuirle una certeza absoluta equiparable al testimonio sobre el lugar y las circunstancias generales.
El relato de Agustín constituye el testimonio histórico principal sobre la muerte de su madre. Él estuvo presente, conoció sus últimas palabras y describió su enfermedad, su actitud ante la muerte y la reacción de la familia. En cambio, algunos pormenores dramáticos difundidos por biografías posteriores -como determinadas conversaciones durante la agonía, la duración exacta de los sufrimientos o escenas concretas del funeral- pertenecen al desarrollo hagiográfico y no poseen el mismo grado de certeza documental.
Agustín confiesa que reprimió inicialmente sus lágrimas para no perturbar la solemnidad del momento, pero después experimentó un intenso dolor. La tristeza no contradice la esperanza cristiana. El amor filial y la fe en la resurrección convivieron en él. En su oración pide que los lectores de las Confesiones recuerden a Mónica y a Patricio ante el altar. De este modo, la memoria de su madre queda incorporada a la oración de la Iglesia.
Mónica fue enterrada en Ostia, en la iglesia de Santa Aurea. La tradición sostiene que sus restos fueron trasladados posteriormente a Roma, donde reciben veneración en la basílica de San Agustín. La documentación sobre la evolución temprana de su culto resulta más tardía y menos abundante que la relativa a su vida narrada por Agustín.