Infancia y familia
Narcisa de Jesús nació en 1832 en la localidad de San José de Nobol, en la región ecuatoriana de Daule. Sus padres fueron Pedro Martillo y Josefina Morán, propietarios rurales descritos por la tradición biográfica como personas sencillas y profundamente creyentes. Narcisa ocupaba el sexto lugar entre nueve hermanos.
En 1838, cuando tenía seis años, murió su madre. Con la ayuda de una maestra y de su hermana mayor, aprendió a leer y escribir, cantar, tocar la guitarra, coser, tejer, bordar y cocinar. La costura llegó a convertirse en su principal medio de subsistencia. También poseía aptitudes musicales: su oración adquiría con frecuencia forma de canto.
La educación religiosa recibida en el hogar marcó profundamente su personalidad. Su padre profesaba devoción a santa Mariana de Jesús y a san Jacinto de Polonia, santos cuya veneración estaba extendida en la provincia del Guayas. La piedad familiar proporcionó a Narcisa un marco cotidiano para la oración y la práctica de la caridad.
Llamada a la santidad
Narcisa recibió el sacramento de la Confirmación el 16 de septiembre de 1839, a los siete años. La biografía eclesiástica vincula con este momento una conciencia particularmente intensa de su llamada a la santidad. Desde entonces buscó espacios de silencio y oración, entre ellos un pequeño bosque próximo a su casa.
También acondicionó una habitación de su hogar como capilla doméstica. Tomó como referencia espiritual a santa Mariana de Jesús y orientó su vida hacia una entrega radical a Cristo, interpretada mediante la espiritualidad de la víctima: la ofrenda de la propia existencia en unión con el sacrificio redentor de Jesucristo.
Esta expresión debe comprenderse dentro de la espiritualidad católica de la época. La penitencia cristiana no posee valor autónomo ni pretende sustituir la redención realizada por Cristo; adquiere sentido cuando nace de la caridad y une al creyente con la pasión del Señor. En la vida de Narcisa, la oración, la mortificación y el servicio a los demás aparecen vinculados a su amor por Jesucristo.
Trabajo y catequesis
La vida cotidiana de Narcisa combinó la contemplación con el trabajo. Participaba en las tareas domésticas y agrícolas, y más tarde vivió de su oficio de costurera. La Iglesia ha considerado este aspecto decisivo para comprender su santidad: su unión con Dios no la apartó de las responsabilidades ordinarias, sino que convivió con ellas.
Ejerció asimismo como catequista. Transmitía la fe a sus familiares y a los niños de su vecindario, procurando comunicarles el amor de Dios. La catequesis constituía para ella una consecuencia natural de su vida de oración y no una actividad separada de su experiencia espiritual.
Los testimonios eclesiales describen su carácter como amable, alegre, pacífico, obediente y compasivo con los pobres. La atención a los necesitados y a los enfermos acompañó su vida de oración y penitencia.
Traslado a Guayaquil
En enero de 1852 murió su padre. Narcisa tenía entonces diecinueve años y se trasladó a Guayaquil, donde fue acogida por una familia que vivía cerca de la catedral. Permaneció en aquella ciudad hasta 1868, salvo algunos meses en los que residió en Cuenca.
Durante este periodo cambió varias veces de domicilio. La finalidad principal consistía en proteger su intimidad y disponer de mayor libertad para la oración y la penitencia. Su trabajo como costurera le permitía sostenerse sin abandonar el estilo sencillo de vida que había elegido.
Narcisa buscó la orientación de sacerdotes con experiencia espiritual y procuró obedecer sus indicaciones. La dirección espiritual ocupó un lugar importante en su discernimiento, pues entendía que la vida interior necesita acompañamiento eclesial y prudencia.
Durante su estancia en Guayaquil compartió ideales espirituales y, en ocasiones, vivienda con la beata Mercedes de Jesús Molina. También ayudó a pobres y enfermos, integrando la caridad activa en su camino de perfección.
Última etapa en Lima
En junio de 1868, aconsejada por un religioso franciscano y movida por el deseo de avanzar en la vida espiritual, Narcisa viajó a Lima, en el Perú. Allí vivió como seglar interna en el convento dominicano del Patrocinio, fundado en 1688.
La permanencia en el convento no convirtió a Narcisa en religiosa. Su condición continuó siendo la de una mujer laica. El convento le proporcionó, sin embargo, un marco de silencio, oración y acompañamiento espiritual durante la etapa final de su vida. La biografía eclesiástica afirma que recibió gracias extraordinarias en medio de diversas pruebas interiores.
Murió en Lima en 1869, a los treinta y siete años. La tradición litúrgica recuerda su memoria el 8 de diciembre.