Desde su juventud, Rafaela y su hermana Dolores manifestaron el deseo de abrazar la vida religiosa (se menciona que, en torno a 1873, anunciaron su intención). Sin embargo, no se trató de un camino sin obstáculos: la resistencia familiar y las dificultades externas acompañaron el proceso.
El inicio en Córdoba y las tensiones internas
Para incorporarse a la vida conventual, se organizó su recepción como novicias en la casa de las monjas de Marie Réparatrice, en Córdoba, por medio de gestiones vinculadas a un sacerdote llamado José Antonio Ortiz Urruela. A partir de ahí, el relato biográfico describe fricciones: por la condición de «religiosas extranjeras» y por problemas disciplinares que afectaron al grupo en el que ellas estaban.,
Cuando se anuncia la publicación de una regla nueva para la comunidad, las novicias quedan ante una situación comprometida. Para poder sostener su camino vocacional —según el relato— optan por una decisión audaz: abandonar Córdoba por la noche y dirigirse a Andújar.
Huida a Andújar y establecimiento posterior en Madrid
En Andújar fueron acogidas en el hospital por mediación del mismo entorno sacerdotal que las había acompañado. Se da noticia de la intervención de autoridades civiles, y también de tensiones con el obispo, que termina describiéndose como una «suspensión» de dicho sacerdote, mientras la nueva comunidad aún no estaba reconocida de modo canónico.
La historia continúa con un traslado ulterior a Madrid, donde la Congregación pudo asentarse con la ayuda de un jesuita llamado Padre Cotanilla y con el permiso de las autoridades eclesiásticas para establecerse en la capital. En el verano de 1877, Rafaela y su hermana Dolores —entre otras— realizaron la profesión religiosa.
En este punto, las fuentes presentan el nacimiento del instituto como un comienzo sorprendente: una familia religiosa nacida con rasgos de permanente camino, sostenida más por la Providencia que por seguridades humanas.,