A pesar de las objeciones de sus padres, quienes deseaban que se casara, Rosa estaba decidida a hacer un voto de virginidad. Llevó a cabo ayunos tres veces por semana y añadió penitencias secretas. Para combatir la vanidad, se cortó su hermoso cabello y usó ropa áspera, además de endurecer sus manos con el trabajo. La familia de Rosa experimentó la pobreza debido al fracaso de los negocios de su padre, lo que la llevó a trabajar arduamente como sirvienta, en el huerto y como bordadora hasta altas horas de la noche.
A la edad de veinte años, recibió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo,. A partir de entonces, redobló la severidad y variedad de sus penitencias a un grado heroico. Se le atribuyen mortificaciones y castigos corporales de todo tipo. Constantemente usaba una corona de metal con púas, oculta por rosas, y una cadena de hierro alrededor de su cintura. Pasaba días sin comida, salvo un trago de hiel mezclado con hierbas amargas. Cuando ya no podía permanecer de pie, buscaba reposo en una cama que ella misma había construido con vidrios rotos, piedras, tiestos y espinas, admitiendo que la idea de acostarse en ella la hacía temblar de pavor. Este «martirio de su cuerpo» continuó durante catorce años sin relajación, pero no sin consuelo.
En su hogar materno, creó una especie de refugio para los necesitados, donde asistía a niños y ancianos abandonados, especialmente a aquellos de origen indígena. Sus días estaban llenos de actos de caridad e industria; su exquisito encaje y bordado ayudaban a sostener su hogar, mientras que sus noches las dedicaba a la oración y la penitencia. Cuando su trabajo se lo permitía, se retiraba a una pequeña gruta que había construido con la ayuda de su hermano en su pequeño jardín, y allí pasaba sus noches en soledad y oración. Con el consentimiento de su confesor y superando la oposición de sus padres, se le permitió más tarde convertirse prácticamente en una reclusa en esta celda, salvo por sus visitas al Santísimo Sacramento.