Santa Sinclética nació en Alejandría, la vibrante metrópoli egipcia conocida por su centro cultural y cristiano en el siglo III. Pertenecía a una familia de origen macedonio y de considerable fortuna, lo que la situaba en una posición privilegiada dentro de la sociedad de la época. Su belleza física atrajo la atención de numerosos pretendientes, pero desde joven mostró un profundo desinterés por los placeres terrenales, orientando su corazón hacia un esposo celestial.2
Desde temprana edad, Sinclética practicó la mortificación corporal como medio para dominar sus pasiones. Considerándose a sí misma como su peor enemiga, recurrió a ayunos rigurosos y otras disciplinas ascéticas. Nunca sufría tanto como cuando se veía obligada a comer con mayor frecuencia de la que deseaba, lo que evidencia su temprana vocación a la renuncia total. Esta etapa formativa la preparó para una vida de mayor radicalidad espiritual, en un contexto donde el cristianismo en Egipto florecía con figuras como San Antonio Abad y los Padres del Desierto.1,2
Familia y herencia
La muerte prematura de sus padres dejó a Sinclética como única heredera de la fortuna familiar. Sus dos hermanos habían fallecido antes, y su hermana menor, ciega desde el nacimiento, quedó bajo su exclusiva tutela. En lugar de aferrarse a las riquezas, Sinclética optó por distribuir todo su patrimonio entre los pobres, un acto de desprendimiento evangélico que marcó el inicio de su conversión definitiva al estado de virginidad consagrada.2

