Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada nació en Ávila, España, el 28 de marzo de 1515, en una familia numerosa y devota1,2. Desde su infancia, mostró una inclinación hacia la espiritualidad, llegando a intentar huir de casa con uno de sus hermanos para buscar el martirio y alcanzar el cielo, con el deseo de «ver a Dios»1. La lectura de vidas de mártires y libros espirituales, especialmente los clásicos de la espiritualidad franciscana, influyó significativamente en su juventud, aunque también experimentó periodos de distracción con lecturas profanas y una vida mundana1.
A los doce años, tras la muerte de su madre, Beatriz Dávila y Ahumada, Teresa acudió a la Virgen María para que fuera su madre1. Fue enviada a estudiar con las monjas agustinas en Ávila, pero una enfermedad la obligó a regresar a casa después de dieciocho meses3. Durante este tiempo, la lectura de las Cartas de San Jerónimo la llevó a considerar la vida religiosa, no tanto por una atracción inmediata, sino por el deseo de elegir el camino más seguro para su alma3.
En 1535, a la edad de veinte años, ingresó en el Convento Carmelita de la Encarnación en Ávila, a pesar de la oposición inicial de su padre1,3,2,4. Esta separación de su familia le causó un dolor que comparó con la muerte3. Al año siguiente, después de su profesión, enfermó gravemente, llegando a estar en coma durante cuatro días y pareciendo muerta1. Aunque se recuperó parcialmente gracias a la intercesión de San José, su salud quedó permanentemente afectada3.

