La santificación del trabajo encuentra sus raíces en la Revelación divina, desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura hasta la vida de Cristo.
El trabajo en la creación y la caída
Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, dotándolo de la misión de dominar la tierra mediante el trabajo: «Llenad la tierra y sometedla» (Gn 1,28). Esta labor primordial es una participación en la obra creadora divina, un acto de colaboración libre con el plan de Dios.1 Tras el pecado original, el trabajo se ve marcado por la fatiga: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Gn 3,19), pero esta penalidad no anula su dignidad, sino que la eleva a medio de redención.2
San Juan Pablo II subraya que, pese a las consecuencias del pecado, el trabajo «constituye una fundamental dimensión de la existencia humana sobre la tierra», siendo asumido por Cristo para transformarlo en realidad redentora.3
Cristo como modelo de obrero
Jesús, el carpintero de Nazaret, santifica el trabajo con su ejemplo. Durante gran parte de su vida terrena, vive en el taller de José, realizando labores manuales con perfección divina. «Ha hecho bien toda cosa» (Mc 7,37), proclama el pueblo, recordándonos que el cristiano debe imitar esta calidad humana en su labor diaria.3 Así, el trabajo se convierte en «liturgia», un acto de culto ofrecido a Dios con alegría, incluso en la dureza de la fatiga.4
