La santificación tiene su raíz más profunda en la gracia del Bautismo, que nos injerta en el Misterio Pascual de Cristo y nos comunica su Espíritu, su misma vida de Resucitado1. Por el Bautismo, los creyentes entran en la santidad de Dios mismo, siendo incorporados a Cristo y convertidos en morada de su Espíritu2. Este don gratuito de la vida de Dios, infundido por el Espíritu Santo en el alma, sana del pecado y santifica, siendo la gracia santificante o deificante3,4. Esta gracia es la fuente de la obra de santificación en nosotros3.
La santificación es una participación en la santidad de Dios, quien, a través de la gracia recibida en la fe, modifica progresivamente la existencia humana para conformarla al modelo de Cristo5. Esta transfiguración puede tener altibajos, dependiendo de si el individuo obedece los impulsos del Espíritu o cede nuevamente a las seducciones del pecado. Incluso después del pecado, el cristiano es levantado de nuevo por la gracia de los sacramentos y dirigido a avanzar en la santificación5.
