La noción de santificar el trabajo tiene sus raíces en la Sagrada Escritura y en la patrística, pero adquiere una formulación sistemática en la doctrina social moderna de la Iglesia. En el Antiguo Testamento, el trabajo se presenta como parte del mandato divino dado al hombre tras la creación: «Llenad la tierra y sometedla» (Gn 1,28), un llamado a colaborar en la obra de Dios mediante el dominio ordenado de la creación.2 San Pablo exhorta a los tesalonicenses: «El que no quiera trabajar, que tampoco coma» (2 Ts 3,10), vinculando el esfuerzo laboral a la caridad fraterna.
En la Edad Media, santos como San Benito de Nursia con su lema «Ora et labora» (reza y trabaja) integraron el trabajo manual en la vida monástica como medio de santificación. Sin embargo, el verdadero impulso doctrinal surge en la era industrial con la encíclica Rerum novarum (1891) de León XIII, que denuncia la explotación obrera y defiende la dignidad del trabajador frente a condiciones comparables a la esclavitud.1 Esta obra magna marca el inicio de una tradición que conmemora su centenario en Centesimus annus (1991) de Juan Pablo II, reafirmando la vigencia de sus principios en contextos contemporáneos.3
