Orígenes legendarios
La tradición popular vincula el Santo Cáliz con el recipiente empleado por Jesús durante la institución de la Eucaristía, mencionado en los Evangelios como el «cáliz de bendición» (1 Corintios 10:16). No existe una tradición preservada de manera fiable sobre el vaso usado en la Última Cena, pero desde los siglos VI y VII, peregrinaciones a Jerusalén señalaban supuestos relicarios en la Iglesia del Santo Sepulcro.1
En épocas posteriores, surgieron veneraciones alternativas. En Valencia, el cáliz se describe como una copa de ágata, diferenciándose de otros objetos como el Sacro Catino de Génova, un plato de vidrio verde erróneamente tomado por esmeralda.1 Esta atribución valenciana es de fecha tardía y se considera poco confiable por historiadores eclesiásticos, aunque persiste en la piedad popular.
Llegada a España
Las leyendas narran que el cáliz fue traído a Hispania por evangelizadores primitivos o durante las persecuciones romanas. Fuentes antiguas mencionan su presencia en la región de Valencia, una antigua colonia romana en Edetania, donde el cristianismo se implantó tempranamente, como atestiguan los mártires San Valerio y San Vicente en el siglo IV.2 Sin embargo, no hay documentos históricos que confirmen su custodia continua en la diócesis valenciana hasta épocas modernas.
Durante la Reconquista, el cáliz habría sido custodiado por comunidades cristianas, integrándose en la vida litúrgica de la Archidiócesis de Valencia, elevada a rango metropolitano en 1492 por el papa Inocencio VIII bajo el impulso de Rodrigo de Borja (futuro Alejandro VI).2

