Orígenes legendarios
La tradición atribuye la talla del Santo Rostro a Nicodemo, el fariseo mencionado en el Evangelio de Juan que visitó a Jesús de noche. Según la leyenda, Nicodemo, inspirado milagrosamente, esculpió la imagen pero no pudo terminar el rostro, que fue completado por un ángel. Esta narración, común en crucifixos medievales, vincula el Volto Santo con los orígenes apostólicos, aunque historiadores lo datan en la Alta Edad Media.1,2
Se cree que la imagen llegó a Lucca en el siglo VIII, posiblemente bajo el obispo Giovanni (787). Fuentes antiguas relatan que fue traída por mar desde Tierra Santa, salvándose de un naufragio gracias a su intervención milagrosa. Gregorio Magno menciona milagros relacionados con Lucca, aunque no directamente con el crucifijo. Desde entonces, se convirtió en el emblema espiritual de la república luquesa, protegiendo la ciudad en batallas y epidemias.2
Evolución cronológica
En los siglos XI y XII, la devoción se extendió ampliamente. Guillermo II de Inglaterra juraba por el «Santo Rostro de Lucca», evidencia de su fama europea. Tras el cambio en la iconografía crucífera —abandonando la túnica larga por el perizoma—, copias del Volto Santo fueron malinterpretadas como representaciones femeninas, originando mitos hagiográficos. En el siglo XV, su culto decayó en algunos lugares, pero persistió en Lucca, donde se conserva en la catedral desde tiempos inmemoriales.3,2

