El Santo Sepulcro es el lugar donde se llevó a cabo el misterio pascual de Cristo: su Pasión, Muerte y Resurrección,. Es el «lugar donde el Señor venció el aguijón de la muerte y abrió el reino de los cielos a todos los creyentes».
Testimonio de la Resurrección
La tumba vacía del Santo Sepulcro es un testigo silencioso del evento central de la historia humana: la Resurrección de Jesucristo. Durante casi dos mil años, ha atestiguado la victoria de la Vida sobre la muerte. Los Papas, como San Juan Pablo II y Benedicto XVI, han visitado este lugar para proclamar la fe de la Iglesia en que Jesús «fue crucificado, murió y fue sepultado», y que «al tercer día resucitó de entre los muertos»,.
La resurrección de Jesús es el signo de que el Padre Eterno es fiel a su promesa y trae nueva vida de la muerte, la «resurrección del cuerpo y la vida eterna». El misterio se refleja claramente en la antigua Iglesia de la Anastasis, que contiene tanto la tumba vacía —signo de la Resurrección— como el Gólgota —lugar de la Crucifixión. La buena nueva de la Resurrección nunca puede separarse del misterio de la Cruz.
Centro de Peregrinación
Desde el siglo III en adelante, Jerusalén se convirtió en un importante lugar de peregrinación para los cristianos. Para los antiguos peregrinos, era un «vínculo tangible» con Jesús, un lugar para recordar la Roca de la que fue labrada la Iglesia. Jerusalén, y en particular el Santo Sepulcro, es el punto de contacto con el pasado, con la historia salvífica, porque fue allí donde se realizó la obra de salvación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.
Los peregrinos acuden al Santo Sepulcro para recordar y ser transformados por esa memoria. El lugar crea una conexión física entre el peregrino y Dios, evocando la vida de Jesús y la obra salvífica de Dios, preservada en la memoria colectiva de la Iglesia a través de las Escrituras y la liturgia.