El término santo proviene del latín sanctus, que significa «sagrado» o «consagrado a Dios». En el contexto católico, no se refiere solo a una cualidad moral, sino a un estado de gracia plena alcanzado por la unión íntima con Dios. Según la doctrina de la Iglesia, todos los bautizados están llamados a la santidad, como enseña el Concilio Vaticano II: «Todos los cristianos en cualquier estado o modo de vida son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»1. Sin embargo, los santos canonizados son aquellos cuya vida ejemplar ha sido verificada y proclamada por la Iglesia como un testimonio vivo de la gracia divina.
La santidad no es un logro humano aislado, sino el fruto de la acción del Espíritu Santo en el alma. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que, al canonizar a algunos fieles, la Iglesia «reconoce el poder del Espíritu de santidad en su seno y propone a los creyentes modelos e intercesores»2. Así, los santos no son adorados como dioses, sino venerados (dulia) como reflejos de la santidad única de Dios (latria), que se manifiesta en Cristo y se extiende a través de la Iglesia. Este concepto subraya que la santidad es accesible a todos, pero requiere una respuesta heroica a la llamada divina, superando las debilidades humanas y la concupiscencia3.
En la Escritura, la santidad se asocia con la separación del pecado y la consagración a Dios, como en el mandato evangélico: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48)1. Los santos, por tanto, encarnan esta perfección en la tierra y, tras la muerte, interceden por la Iglesia peregrina, recordándonos que la santidad es el «oculto manantial y medida infalible de su actividad apostólica»2.

