Los ángeles son criaturas espirituales, personales e inteligentes, distintas de los seres humanos y totalmente dependientes de Dios. La Sagrada Escritura los presenta como servidores y mensajeros divinos, enviados para colaborar en la salvación de los hombres. La Carta a los Hebreos los describe como «espíritus encargados de un ministerio, enviados para servir a quienes han de heredar la salvación».2
El término arcángel procede del griego y significa «ángel principal» o «jefe de los ángeles». En la tradición cristiana, el nombre designa una función de especial importancia dentro del servicio angélico. La Escritura llama expresamente arcángel a Miguel; Gabriel aparece como un ángel que está ante Dios, mientras que Rafael afirma pertenecer a los siete espíritus que permanecen en presencia divina.3,4
La condición de arcángel no implica que Miguel, Gabriel y Rafael formen necesariamente una categoría idéntica dentro de la jerarquía celestial. La teología escolástica distinguió entre la misión que cada espíritu recibe y el orden angélico al que pertenece. Santo Tomás de Aquino observó que ciertas interpretaciones tradicionales colocaban a estos tres mensajeros en un orden superior, pero también advirtió que la Escritura atribuye a Miguel, Gabriel y Rafael funciones diferentes.5






