Los «compañeros» no designan únicamente a un círculo personal, sino que indican la unidad testimonial de un mismo acontecimiento martirial. En el decreto y en la presentación biográfica de la causa se habla explícitamente de José María Gran Cirera (sacerdote profeso) y de nueve compañeros, entre los que se distinguen con claridad tres sacerdotes españoles y siete laicos, identificados como mayas de etnia nativa del Guatemala.1,2,3
De este modo, la figura central del conjunto no se entiende aislada: la Iglesia presenta el martirio como una respuesta común, donde la comunión en la fe y la cohesión del testimonio forman parte del mismo «relato» eclesial.2,3
