La persecución religiosa en México
La persecución contra la Iglesia mexicana hunde sus raíces en la aplicación de una legislación de carácter anticlerical, especialmente después de la promulgación de la Constitución mexicana de 1917. Las autoridades limitaron severamente la actividad pública de la Iglesia, el ejercicio del ministerio sacerdotal, la educación católica y la actuación de las instituciones eclesiales.1
La situación alcanzó un punto decisivo el 31 de julio de 1926, cuando quedó suspendido el culto público en las iglesias de todo el país. Las autoridades hostigaron al clero, expulsaron a sacerdotes extranjeros, clausuraron escuelas privadas de inspiración católica y suprimieron diversas obras asistenciales vinculadas a la Iglesia.1
Los obispos y numerosos sacerdotes intentaron defender la libertad religiosa por medios pacíficos. Las protestas de los católicos no lograron frenar la represión, y muchos obispos y presbíteros tuvieron que marchar al exilio o vivir ocultos para continuar ejerciendo su ministerio.2
La guerra Cristera
La resistencia católica originó un movimiento popular conocido como movimiento cristero o Cristiada. Muchos laicos, agrupados en organizaciones de defensa de la libertad religiosa, recurrieron a la lucha armada después de comprobar el fracaso de las protestas pacíficas. El Gobierno llamó «cristeros» a los insurgentes por su referencia explícita a Cristo.2
La actitud del clero no fue uniforme. Algunos sacerdotes abandonaron sus parroquias; otros rechazaron expresamente la violencia; muchos, aunque no participaron en la rebelión armada, permanecieron junto a sus fieles para administrar los sacramentos, predicar y atender a los enfermos y perseguidos. El caso de Cristóbal Magallanes muestra esta distinción entre la resistencia armada de determinados laicos y el ministerio pastoral de sacerdotes que no tomaron las armas.1
La Iglesia escogió para varias causas de canonización a mártires que no habían participado en la defensa armada. Con ello quiso dejar claro que su muerte tuvo como causa directa el odio o la persecución contra la fe católica y el ejercicio del ministerio sacerdotal, no una actividad militar.3



