El martirio, en su esencia, es un acto de amor total a Dios, fundamentado en la muerte de Jesús y su sacrificio supremo en la Cruz1. Cristo, como el siervo sufriente, se entregó como rescate por muchos, y llama a sus discípulos a tomar su cruz cada día y seguirlo en el camino del amor incondicional a Dios Padre y a la humanidad1. Los mártires siguen al Señor hasta el final, aceptando libremente la muerte por la salvación del mundo, lo que constituye la prueba suprema de amor y fe1.
El término «mártir» ha evolucionado en el uso cristiano. Originalmente, martus en griego significaba un testigo que testifica un hecho por observación personal. Los Apóstoles fueron los primeros «testigos» de la vida pública de Cristo, de sus enseñanzas y de su resurrección2. Sin embargo, la naturaleza peligrosa de su apostolado llevó a que el término martus se aplicara a aquellos que podían ser llamados a negar su testimonio bajo pena de muerte2. San Esteban, el primer diácono, es un ejemplo temprano de un testigo que selló su testimonio con su sangre3,2. Con el tiempo, la palabra «mártir» se aplicó exclusivamente a quienes morían por la fe2.
El martirio es la afirmación de la inviolabilidad del orden moral4. Testimonia espléndidamente tanto la santidad de la ley de Dios como la dignidad inviolable de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios4. Además, el martirio rechaza como falso e ilusorio cualquier «sentido humano» que se pretenda atribuir a un acto moralmente malo en sí mismo, incluso en condiciones excepcionales4. Es la exaltación de la perfecta «humanidad» de una persona y de la verdadera «vida»4.
