Sapientiae Christianae articula varios deberes esenciales para los católicos, destacando la interconexión entre la fe individual y la vida pública.
Amor y Defensa de la Iglesia
Los católicos tienen el deber de amar y defender a la Iglesia con la misma dedicación que amarían a su propia nación, ya que la Iglesia es la «Ciudad de Dios» y el medio para alcanzar la felicidad eterna. Este amor implica una mayor obligación de aprender y creer en las enseñanzas de la fe católica en comparación con aquellos que no están familiarizados con ella.
El Papa León XIII señala que la Iglesia es objeto de una «guerra» constante, con ataques abiertos y públicos que una época que valorara la religión no habría tolerado,. La encíclica condena la arrogancia de aquellos que creen poder desterrar a Dios de la sociedad y que, impulsados por la ciencia y la razón humana, niegan la revelación divina, la enseñanza moral cristiana y la autoridad de la Iglesia.
Primacía de la Ley Divina
Un punto crucial de la encíclica es la afirmación de que, en situaciones donde las demandas del Estado entran en conflicto con las de la Iglesia o la ley divina, los cristianos deben priorizar su lealtad a Dios y a la Iglesia. La verdadera ley se define como un mandato de la recta razón para el bien común, que debe estar en conformidad con la razón divina. Si las leyes del Estado contradicen la ley divina o la autoridad de la Iglesia, es un deber resistir, y obedecer tales leyes se convierte en un crimen. Los cristianos deben amar tanto su patria terrenal como su patria celestial, pero el amor por la celestial debe superar al amor por la terrenal, y las leyes humanas nunca deben anteponerse a la ley divina.
Preservación y Estudio de la Fe
La encíclica subraya la importancia de preservar la fe y estudiarla profundamente. Ante la «locura imprudente y generalizada de la opinión» y los sofismas de los no creyentes, cada católico está obligado en conciencia a vigilarse a sí mismo, evitando riesgos y armándose con un conocimiento profundo de la doctrina cristiana,. Este estudio debe ser acorde con la capacidad e inteligencia de cada uno, abarcando tanto la doctrina cristiana como los asuntos entrelazados con la religión y la razón. La fe no solo debe permanecer intacta en el alma, sino que debe crecer con un aumento constante, lo que requiere la humilde súplica a Dios: «Aumenta nuestra fe».
Profesión Pública y Propagación de la Fe
Es un deber fundamental de los católicos profesar abierta e inquebrantablemente la doctrina católica y propagarla en la medida de sus posibilidades. La encíclica afirma que «nada es tan perjudicial para la sabiduría cristiana como que no sea conocida». Cuando la verdad católica es aprehendida por un alma sencilla y sin prejuicios, la razón asiente. Aunque la fe es un don de la gracia divina, su objeto se conoce principalmente a través de la predicación: «Cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin un predicador? La fe, pues, viene por el oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Romanos 10:14, 17).
Aunque la tarea principal de predicar y enseñar recae en los pastores, especialmente en el Romano Pontífice como Vicario de Jesucristo y maestro de la Iglesia universal, los laicos también tienen un papel activo,. Aquellos con dones intelectuales están llamados a comunicar a otros lo que han recibido, actuando como «ecos vivientes» de sus maestros en la fe. El Concilio Vaticano I ya había invitado a todos los fieles, especialmente a los que ocupan una posición prominente o se dedican a la enseñanza, a ayudar a erradicar los errores de la Iglesia y a difundir la luz de la fe inmaculada. Cada católico puede y debe predicar la fe católica con la autoridad de su ejemplo y mediante una profesión abierta y constante de las obligaciones que impone.
León XIII critica a aquellos que, por falta de carácter o por dudar de la verdad de su fe, retroceden ante el enemigo o guardan silencio ante los ataques contra la verdad, calificando esta conducta de «vil e insultante a Dios». La falta de vigor en los cristianos solo beneficia a los enemigos de la fe, ya que «nada envalentona tanto a los malvados como la falta de coraje por parte de los buenos». Los cristianos están «nacidos para el combate», y cuanto mayor sea la vehemencia de la lucha, más asegurado será el triunfo con la ayuda de Dios.