En los primeros tiempos de la Iglesia, el clero era el principal responsable del canto durante las celebraciones litúrgicas1. Sin embargo, para permitir que el clero se enfocara más plenamente en sus deberes ministeriales, se introdujeron cantores capacitados para asumir la parte musical de la liturgia1.
Aunque el Papa Hilario (f. 438) es a veces acreditado con la inauguración de la primera schola cantorum, fue San Gregorio Magno (590-604) quien la estableció sobre una base firme y la dotó de recursos1,2. La escuela romana, que albergaba la schola, fue reconstruida en el año 844 por el Papa Sergio II, quien, al igual que otros papas como Sergio I, Gregorio II, Esteban III y Pablo I, se había formado en ella1. Esta escuela proporcionaba el coro para la mayoría de las funciones papales y estaba dirigida por un prior scholae cantorum o simplemente cantor, quien, entre otras responsabilidades, indicaba a cada individuo qué responsorio debía cantar en el oficio nocturno1.
Desde Roma, la institución de la schola cantorum se difundió a otras partes de la Iglesia1. Pipino el Breve, padre de Carlomagno, introdujo por primera vez cantores romanos en Francia, estableciéndolos en Lyon1. Carlomagno impulsó esta labor, y bajo su influencia, se fundaron varias otras escuelas en su imperio, siendo la de Metz una de las más renombradas1. Otras scholae notables se establecieron en Hirschau, Corbie y St. Gall1. En Inglaterra, la difusión del canto romano se debió principalmente a San Benito Biscop y San Wilfrido1. Muchas catedrales, como York, Sarum, Hereford y Worcester, y numerosas abadías, como Glastonbury y Malmesbury, contaban con importantes scholae cantorum1.
La Reforma Protestante marcó el fin de estas escuelas en Inglaterra1. En otros lugares, parecieron desaparecer a medida que se comenzaron a emplear cantores asalariados en las iglesias, aunque las maîtrises o escuelas corales catedralicias actuales pueden considerarse sus legítimas sucesoras1.
