El secreto médico se entiende, ante todo, como una exigencia de caridad y justicia hacia el prójimo. La Iglesia afirma que existen «secretos profesionales» —como los de médicos— y que deben conservarse. En el marco moral del «amor al prójimo», se indica que:
«Los secretos profesionales… o información confidencial dada bajo el sello de secreto deben ser guardados, salvo en casos excepcionales donde el hecho de conservar el secreto esté obligado a causar un daño muy grave al que confió, al que lo recibió o a un tercero, y donde el daño muy grave pueda evitarse sólo divulgando la verdad».1
Esta formulación ofrece dos ideas nucleares:
El secreto protege a las personas, especialmente al que confía información médica.
El secreto no es intocable en todo sentido, pero su ruptura queda estrictamente sometida a condiciones muy exigentes de gravedad y necesidad.
La ética cristiana, además, conecta el secreto con el bien de la sociedad: sin confidencialidad real, se erosiona la confianza y se abren puertas a injusticias, sobre todo contra quienes están en situación de mayor vulnerabilidad. En ese sentido se advierte:
«La legal aprobación de una medida así llevaría a la pérdida de la confianza necesaria del paciente en su médico, y abriría el camino a todo tipo de abusos e injusticias, especialmente respecto de los más débiles.»2
