La sedación paliativa puede describirse, en términos morales, como una intervención dentro del marco de los cuidados al final de la vida que busca mitigar el sufrimiento (principalmente el dolor y otros síntomas) cuando ya no es posible lograr alivio suficiente con tratamientos ordinarios o proporcionados. En la perspectiva del Magisterio católico, se trata de una terapia analgésica que puede emplear fármacos capaces de producir pérdida de conciencia con el fin de aliviar el sufrimiento.1
El objetivo no es suprimir la vida, sino asegurar que el final de la vida llegue con la mayor paz posible y con las mejores condiciones internas del paciente.1
Sedación y «pérdida de conciencia» en el lenguaje moral
En el ámbito ético, «sedación» no significa automáticamente «muerte provocada». El punto decisivo es el modo y, sobre todo, la intención con que se administra: la Iglesia enseña que los analgésicos pueden inducir pérdida de conciencia para aliviar el dolor, y que esto puede ser moralmente lícito como parte del cuidado del paciente.1
