La sede hace visible que la asamblea litúrgica tiene una presidencia y que el sacerdote celebrante desempeña determinadas funciones durante la celebración. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la silla del obispo o del sacerdote debe expresar su cometido de presidir la asamblea y dirigir la oración.1
La sede del sacerdote celebrante debe mostrar el cometido que tiene de presidir la asamblea y guiar la oración.2
La sede no sustituye al altar ni al ambón. Cada uno de estos lugares cumple una función litúrgica propia: el altar ocupa el centro de la celebración eucarística; el ambón es el lugar adecuado para proclamar la Palabra de Dios; y la sede corresponde a la presidencia de la asamblea y a la dirección de su oración. La disposición del presbiterio puede expresar la relación entre esos espacios sin confundir sus funciones.3,1
La presidencia litúrgica tampoco convierte la silla en un trono. La normativa romana pide expresamente evitar cualquier apariencia de trono en la sede del sacerdote celebrante. Así, su presencia significa un ministerio al servicio de la oración común, no una exaltación del celebrante.4


