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Segunda cruzada

La Segunda cruzada fue una expedición militar y penitencial promovida por la Iglesia latina entre 1147 y 1149, aunque sus consecuencias políticas y militares se prolongaron durante décadas. Nació tras la conquista musulmana del condado de Edesa en 1144 y adoptó una estructura multiteatral: además de la defensa de los Estados latinos de Oriente, incluyó campañas en la península ibérica, contra los pueblos musulmanes del valle del Elba y en el Mediterráneo. La expedición principal, dirigida por el emperador germánico Conrado III y el rey francés Luis VII, terminó con el fracaso del asedio de Damasco en 1148.

Asia minor 1140
Ver información de la imagenAsia Menor y los Estados de los Cruzados en Siria, alrededor de 1140, c. 1926. El Atlas Histórico, de William R. Shepherd, edición de 1926. Imagen original en [1]. Más información en: [2], William Robert Shepherd, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSegunda cruzada
CategoríaEvento
DescripciónCrisis de prestigio para la cristiandad latina; aumento de persecuciones contra judíos en ciudades alemanas; profundización de la desconfianza entre cruzados occidentales y el Imperio bizantino; reconfiguración política en Siria.
Contexto históricoRespuesta a la conquista musulmana del condado de Edesa (1144) y al declive de los Estados latinos de Oriente tras la Primera cruzada.
Descripción breveExpedición militar y penitencial promovida por la Iglesia latina entre 1147 y 1149, con campañas en Oriente, la península ibérica y el Mediterráneo.
Duración2 años
Evento relacionadoPrimera cruzada
Fecha de fin1149
Fecha de inicio1147
Impacto históricoFracasó en sus objetivos (no recuperó Edesa ni conquistó Damasco), debilitó el prestigio de las cruzadas, favoreció la consolidación de Nur al-Din y, a la larga, el ascenso de Saladino; agravó las tensiones entre latinos y bizantinos.
Importancia históricaMarcó el fracaso de una gran cruzada concertada, mostró las limitaciones de la coordinación entre ejércitos occidentales y los Estados latinos de Oriente, y preparó el terreno para futuras confrontaciones como la Tercera cruzada.
OrganizadorPapa Eugenio III
Testigos
  • Conrado III
  • Luis VII
  • Eugenio III
  • San Bernardo de Claraval
  • Manuel I Comneno
  • Roger II de Sicilia
  • Nur al-Din
  • Saladino (posteriormente)
TipoSuceso histórico
Ubicación
  • Siria y otros territorios del Oriente
  • Península ibérica
  • Mediterráneo
  • Asia Menor

Tabla de contenido

Contexto histórico

Los Estados latinos de Oriente

La primera cruzada había culminado con la conquista de Jerusalén en 1099 y la creación de varios principados latinos en Oriente: el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía, el condado de Trípoli y el condado de Edesa. Estos territorios dependían de una combinación frágil de fortificaciones, alianzas locales, ayuda occidental y rivalidades entre las potencias musulmanas.

El condado de Edesa ocupaba una posición avanzada y vulnerable. Sus territorios quedaban expuestos a los principados musulmanes del norte de Siria y de Mesopotamia, mientras que Antioquía y Jerusalén carecían de una comunicación segura y directa con Europa. La conquista de Edesa por Zenguí en 1144 constituyó, por tanto, una grave conmoción política y religiosa para la cristiandad latina. La pérdida de la ciudad representó el primer gran retroceso de los Estados cruzados desde la conquista de Jerusalén. La tradición histórica de las cruzadas vincula directamente el nacimiento de la segunda expedición con la recuperación musulmana de Edesa.1,2

Zenguí murió en 1146, pero su hijo Nur al-Din heredó sus dominios y continuó la política de unificación de Siria. La amenaza no consistía únicamente en una ofensiva aislada contra una ciudad fronteriza: la progresiva concentración del poder musulmán podía poner en peligro la división política que había permitido sobrevivir al reino de Jerusalén y a sus principados vecinos.

La situación de Bizancio

El Imperio bizantino desempeñaba un papel decisivo en cualquier expedición occidental hacia Siria. Constantinopla controlaba las principales rutas terrestres de Asia Menor y conservaba intereses directos en Antioquía, Cilicia y los territorios que los cruzados habían ocupado durante la primera cruzada.

Las relaciones entre los cristianos latinos y los griegos bizantinos estaban marcadas por la desconfianza mutua, pero no por una hostilidad permanente e inevitable. Los bizantinos temían que los grandes ejércitos occidentales actuaran como fuerzas independientes, ocuparan ciudades imperiales o alterasen el equilibrio político de Oriente. Los cruzados, por su parte, sospechaban que el emperador podía utilizar la diplomacia, los suministros y las rutas imperiales para limitar su libertad de acción.

La memoria de la primera cruzada pesaba sobre ambas partes. El contacto entre las dos civilizaciones cristianas había producido tensiones porque los bizantinos consideraban a los ejércitos occidentales una amenaza potencial, mientras que muchos latinos contemplaban a los griegos como cristianos políticamente poco fiables y litúrgicamente alejados de sus propias costumbres.3,4

Durante la segunda cruzada gobernaba Bizancio el emperador Manuel I Comneno, que había subido al trono en 1143. Manuel no mantuvo una política simple de oposición o colaboración. Intentó preservar la seguridad imperial, controlar el paso de los ejércitos y aprovechar la presencia de los cruzados para contener a sus enemigos, especialmente los normandos de Sicilia. La alianza de Manuel con Conrado III contribuyó a neutralizar temporalmente el poder normando, mientras que el emperador aprovechó la guerra para recuperar Corfú y proyectar su influencia en el Adriático.5

Convocatoria de la cruzada

El papa Eugenio III

El papa Eugenio III, antiguo monje cisterciense y discípulo de san Bernardo de Claraval, asumió el pontificado en 1145. Su pontificado estuvo estrechamente relacionado con la reforma monástica, la renovación espiritual y la defensa de la autoridad pontificia. En 1146 proclamó oficialmente la segunda cruzada como respuesta a la caída de Edesa y exhortó a los caballeros occidentales a acudir en defensa de los cristianos de Tierra Santa.2

La convocatoria pontificia no presentó la expedición como una guerra privada de príncipes, sino como una obra penitencial bajo autoridad eclesiástica. El cruzado asumía un voto, recibía la cruz como signo público de compromiso y quedaba integrado en una empresa que combinaba peregrinación, penitencia y acción militar.

La predicación pontificia también buscaba ordenar una sociedad marcada por la violencia feudal. La Iglesia intentaba canalizar la actividad guerrera de la aristocracia hacia una causa considerada legítima, al tiempo que protegía a los peregrinos, a los clérigos y a las poblaciones vulnerables. La segunda cruzada perteneció, por tanto, tanto a la historia de la guerra medieval como a la historia de la reforma de la cristiandad latina.

San Bernardo de Claraval

El principal predicador de la cruzada fue san Bernardo de Claraval, abad cisterciense y una de las figuras religiosas más influyentes del siglo XII. En la asamblea de Vézelay, celebrada el 31 de marzo de 1146, Bernardo predicó ante Luis VII y una gran multitud. La tradición atribuye a su predicación una capacidad extraordinaria para movilizar a la nobleza y al pueblo.

Bernardo concibió la cruzada como una empresa amplia y coordinada. Su horizonte no se limitaba a Siria: propuso una acción simultánea contra los adversarios de los cristianos en Oriente, la península ibérica y las regiones situadas más allá del Elba. Esta visión explica por qué la segunda cruzada no puede reducirse a la expedición franco-germánica contra Damasco.6,7

El prestigio de Bernardo permitió superar algunas resistencias iniciales. En Alemania encontró oposición considerable, pero finalmente el emperador Conrado III tomó la cruz en la dieta de Espira el 25 de diciembre de 1146. La adhesión de Conrado otorgó a la cruzada una dimensión imperial y favoreció su presentación como una empresa común de la cristiandad latina.6

La dimensión multiteatral

Tierra Santa y Siria

La expedición principal tenía como objetivo reforzar los Estados latinos de Oriente y recuperar posiciones perdidas. Sin embargo, los dirigentes no actuaron siempre con una estrategia común. La elección de Damasco como objetivo en 1148 obedeció a cálculos militares y diplomáticos complejos: la ciudad era una potencia musulmana importante, pero también había mantenido relaciones de rivalidad con Nur al-Din. La posibilidad de conquistarla atraía a los cruzados, aunque un ataque latino podía empujar a Damasco hacia una alianza más estrecha con sus antiguos adversarios.

La península ibérica

La predicación de Bernardo incluyó la lucha contra los poderes musulmanes de la península ibérica. En el contexto del siglo XII, determinados dirigentes eclesiásticos y políticos consideraban que las campañas hispánicas podían integrarse en el mismo marco penitencial que las expediciones orientales. La defensa y expansión de los reinos cristianos peninsulares formaban parte de una frontera religiosa y política distinta, pero conectada con la idea de una cristiandad militante.

La inclusión de la península ibérica muestra que el término cruzada no designaba exclusivamente una operación dirigida a Jerusalén. La autoridad pontificia podía conceder un marco espiritual semejante a campañas emprendidas en diferentes regiones, siempre que las presentara como defensa de la fe, protección de comunidades cristianas o recuperación de territorios considerados sagrados o cristianos.

Las regiones del Elba

Bernardo también promovió una campaña contra pueblos no cristianos situados más allá del Elba. La empresa tenía una dimensión misionera y política: pretendía contener las incursiones y favorecer la expansión de estructuras cristianas en las fronteras septentrionales del mundo germánico.

Esta campaña revela la amplitud geográfica de la segunda cruzada. El movimiento cruzado no formaba un ejército único que marchara siempre hacia Jerusalén, sino una red de expediciones vinculadas por votos, predicación, símbolos religiosos y autorizaciones eclesiásticas.

El Mediterráneo y el conflicto normando-bizantino

Mientras los cruzados iniciaban su marcha, el rey Roger II de Sicilia atacó el Imperio bizantino. La ofensiva normanda afectó al equilibrio de la expedición y obligó a Manuel I Comneno a concentrar recursos en la defensa de sus territorios europeos. Roger ocupó o saqueó importantes centros, entre ellos Tebas y Corinto, y deportó artesanos de la seda a Sicilia.5

La acción normanda complicó las relaciones entre Bizancio y los cruzados occidentales. Manuel necesitaba controlar a los ejércitos que atravesaban su imperio, pero al mismo tiempo debía hacer frente a una amenaza occidental directa. La diplomacia bizantina no puede interpretarse simplemente como una maniobra destinada a sabotear la cruzada: respondía a la necesidad de defender la integridad imperial ante fuerzas latinas que, en ocasiones, actuaban contra Constantinopla incluso mientras otros príncipes latinos colaboraban con el emperador.

La expedición de Conrado III

El paso por Asia Menor

Conrado III partió con un gran ejército alemán. El avance por Asia Menor resultó desastroso debido a la escasez de suministros, la dureza del terreno, las enfermedades y los ataques de los turcos selyúcidas. Las pérdidas impidieron que el contingente alemán llegara intacto a Siria.

La cooperación con Bizancio tuvo aspectos de colaboración y de tensión. Manuel ofreció apoyo logístico y diplomático, pero exigió garantías sobre el comportamiento de los cruzados y sobre las ciudades que pudieran ocupar. Desde el punto de vista imperial, el tránsito de un ejército extranjero por Asia Menor constituía un problema de seguridad. Desde el punto de vista latino, las exigencias bizantinas podían parecer una limitación de los objetivos de la expedición.

La alianza entre Manuel y Conrado tuvo, no obstante, una dimensión efectiva. El emperador bizantino y el emperador germánico colaboraron contra la amenaza normanda y compartieron intereses estratégicos, aunque la cooperación no eliminó las sospechas entre los dos grupos cristianos.5

La llegada de Luis VII

El rey Luis VII de Francia tomó la cruz acompañado por una importante aristocracia francesa. El monarca entendía la expedición como una obra de penitencia y como cumplimiento de un compromiso religioso asumido públicamente. La participación de la reina Leonor de Aquitania otorgó a la expedición una dimensión cortesana y política singular, aunque las diferencias entre Luis y otros dirigentes dificultaron la coordinación.

El ejército francés siguió una ruta semejante a la alemana y afrontó problemas parecidos. La marcha por Anatolia consumió hombres, animales y recursos. Las dificultades de abastecimiento y la superioridad de la guerra móvil turca redujeron la capacidad ofensiva de los cruzados antes de su llegada a Siria.

El asedio de Damasco

Decisión estratégica

En 1148, los principales dirigentes latinos decidieron atacar Damasco. La decisión dividió a los participantes porque la ciudad no era simplemente un objetivo enemigo: su rivalidad con Nur al-Din podía convertirla en un posible contrapeso dentro del mundo musulmán.

El reino de Jerusalén tenía intereses propios en la región. Algunos nobles latinos deseaban ampliar su poder mediante la conquista de Damasco, mientras que otros temían que una operación mal preparada provocara la unificación de los gobernantes musulmanes. La decisión respondió, por tanto, a una combinación de ambición territorial, cálculo defensivo y presión política.

Desarrollo y fracaso

El ejército cruzado llegó ante Damasco en julio de 1148. Al principio avanzó hacia zonas con agua y huertos, pero los defensores y sus aliados organizaron una resistencia eficaz. Los dirigentes cruzados trasladaron después el campamento a una zona menos favorable, donde el abastecimiento resultaba difícil y la defensa musulmana podía actuar con mayor eficacia.

La falta de acuerdo entre los príncipes, la escasez de alimentos, las dificultades del terreno y la llegada de refuerzos musulmanes obligaron a levantar el asedio después de pocas semanas. La retirada produjo una profunda decepción en los Estados latinos y en Europa occidental. La campaña había reunido a dos de los principales monarcas de Occidente, pero no había recuperado Edesa ni conquistado una posición decisiva.6

Consecuencias inmediatas

Crisis de prestigio

El fracaso de Damasco debilitó la confianza en la dirección política y militar de la cruzada. Muchos contemporáneos se preguntaron cómo una expedición emprendida con voto religioso y respaldada por reyes y emperadores había terminado sin resultados proporcionales a sus sacrificios.

La derrota también deterioró las relaciones entre los latinos de Oriente y los cruzados recién llegados. Los príncipes locales defendían intereses concretos y conocían la política regional; los monarcas occidentales aportaban recursos y prestigio, pero no siempre aceptaban las prioridades de quienes gobernaban en Siria y Palestina.

Relaciones entre latinos y bizantinos

Las tensiones con Bizancio aumentaron después de la campaña. Los cruzados atribuyeron parte de sus dificultades a la política imperial, mientras que Manuel consideraba necesario proteger las rutas y los territorios bizantinos. La desconfianza no debe transformarse en una explicación única del fracaso: la expedición sufrió problemas propios de logística, coordinación, mando y estrategia.

Manuel no fue un adversario uniforme de la cruzada. Su gobierno colaboró con Conrado III frente a los normandos y procuró mantener vínculos con los principados latinos. En años posteriores, la diplomacia imperial buscó reforzar esas relaciones mediante alianzas matrimoniales y acuerdos políticos. Manuel contrajo matrimonio con María de Antioquía en 1161 y vinculó a su familia con la casa real de Jerusalén mediante otro matrimonio en 1167. Estas alianzas contribuyeron a frenar temporalmente la expansión de Nur al-Din.6

La situación de las comunidades judías

La segunda cruzada estuvo acompañada por persecuciones contra comunidades judías en varias ciudades alemanas, entre ellas Colonia, Maguncia, Worms, Espira y Estrasburgo. Estas agresiones contradijeron el propósito de la predicación eclesiástica. San Bernardo y Eugenio III protestaron contra la violencia, mientras obispos alemanes y Conrado III trataron de proteger a los judíos, aunque sus esfuerzos no siempre bastaron para impedir los ataques.8

La violencia antijudía no pertenecía a la finalidad legítima de la cruzada. La protección de los judíos por parte de autoridades eclesiásticas y civiles muestra que, incluso dentro de la mentalidad medieval, existían límites jurídicos y religiosos frente a la persecución de quienes vivían bajo autoridad cristiana.

Teología de la penitencia y de la indulgencia

La cruzada como penitencia

En el siglo XII, la cruzada adquirió una forma espiritual específica. El participante no era únicamente un combatiente: era también un peregrino penitente que tomaba la cruz, pronunciaba un voto y aceptaba sacrificios personales, económicos y familiares. La peregrinación armada hacia lugares vinculados con la vida de Cristo se integraba en la disciplina penitencial de la Iglesia latina.

La penitencia medieval incluía actos externos -ayuno, peregrinación, limosna, restitución y servicio- destinados a manifestar la conversión interior. La cruzada aplicaba esta lógica a una empresa militar que la autoridad pontificia consideraba vinculada a la defensa de la cristiandad y de los lugares santos.

La predicación de Bernardo reflejaba la convicción de que la participación en la cruzada podía convertirse en una ocasión de conversión, renuncia y renovación de la vida cristiana. Al mismo tiempo, la mezcla de motivaciones religiosas, políticas, familiares y económicas impide atribuir a todos los cruzados una única intención.

Culpa del pecado y pena temporal

La teología de la indulgencia distinguía entre la culpa del pecado y la pena temporal. La absolución sacramental remitía la culpa cuando el penitente recibía dignamente el sacramento de la penitencia. La indulgencia no sustituía la confesión ni convertía en bueno un acto moralmente malo.

La reflexión teológica posterior de santo Tomás de Aquino expresa con claridad esta distinción: solo Dios remite la culpa por autoridad, mientras que la indulgencia se refiere a la remisión de la pena temporal y no constituye un sacramento. Su eficacia dependía de que existiera la causa establecida y de que el sujeto reuniera las condiciones requeridas.9,10

Aplicada a los cruzados, la indulgencia plenaria significaba la remisión total de la pena temporal debida por los pecados ya perdonados, siempre dentro del marco penitencial prescrito. No equivalía a una autorización para pecar, ni garantizaba la salvación a quien actuara sin arrepentimiento, sin confesión o con intención injusta.

La indulgencia plenaria del cruzado

La predicación de la segunda cruzada vinculó la toma de la cruz con una indulgencia particularmente amplia. El cruzado debía actuar con verdadero arrepentimiento y cumplir las condiciones establecidas por la autoridad eclesiástica. La literatura teológica medieval llegó a discutir incluso el caso de quien moría antes de embarcarse o antes de completar el viaje.

Santo Tomás estudió si un cruzado que fallecía antes de atravesar el mar podía recibir la indulgencia plenaria. La cuestión muestra que los teólogos distinguían entre la disposición interior del penitente y la realización efectiva de la obra vinculada al privilegio. Una de las soluciones sostiene que faltaba la causa principal de la indulgencia cuando el cruzado moría antes de emprender la marcha; otra reflexión distingue la remisión de la pena de la remisión de la culpa.11,12,10

Conviene evitar una interpretación anacrónica. La indulgencia del siglo XII no funcionaba como una simple compensación automática ni como una tarifa espiritual. Formaba parte de una cultura sacramental y penitencial en la que la autoridad de la Iglesia, el arrepentimiento, la confesión, el voto y la obra realizada estaban estrechamente relacionados.

Valoración histórica

Un fracaso militar con efectos duraderos

La segunda cruzada no alcanzó sus objetivos principales. Edesa no fue recuperada, Damasco permaneció fuera del control latino y el prestigio de la expedición sufrió un duro golpe. La campaña demostró las dificultades de coordinar ejércitos procedentes de distintos territorios, con lenguas, intereses políticos, sistemas de mando y expectativas diferentes.

Sin embargo, el fracaso inmediato no agotó sus consecuencias. La expedición alteró las relaciones entre las monarquías occidentales, el reino de Jerusalén y Bizancio. También reforzó la conciencia de que los Estados latinos necesitaban alianzas regionales estables y no podían depender únicamente de grandes expediciones ocasionales desde Europa.

El ascenso de Nur al-Din

Nur al-Din aprovechó la división entre sus adversarios. En 1154 tomó Damasco y unificó bajo su autoridad una parte creciente de Siria. La consolidación de su poder creó las condiciones para una futura unión política entre Egipto y Siria.

Años después, el general kurdo Salah al-Din, conocido en Occidente como Saladino, heredó y amplió ese proceso. Tras asumir el control de Egipto y conquistar Damasco, reunió amplios territorios musulmanes frente al reino de Jerusalén. La evolución iniciada después de la segunda cruzada desembocó finalmente en la conquista de Jerusalén por Saladino en 1187, hecho que provocó la tercera cruzada.1,6

Una cristiandad políticamente plural

La segunda cruzada revela la tensión entre la idea de una cristiandad unida y la realidad de una Europa dividida entre reyes, emperadores, ciudades, señores feudales, papas y comunidades eclesiales distintas. La predicación de Bernardo logró presentar la empresa como una acción común, pero la campaña encontró límites en las rivalidades entre los propios dirigentes cristianos.

La relación con Bizancio añade otra capa de complejidad. Latinos y griegos compartían la fe cristiana y reconocían la centralidad de Jerusalén, pero diferían en tradiciones eclesiales, intereses imperiales y concepciones políticas. Las cruzadas intensificaron el antagonismo entre ambos mundos, aunque durante la segunda expedición todavía existieron cooperación diplomática, alianzas militares y proyectos matrimoniales.4,5

Interpretación desde la enseñanza católica

La Iglesia medieval presentó la segunda cruzada dentro de una teología de defensa de los lugares santos, protección de comunidades cristianas y penitencia. Esa justificación histórica debe analizarse en el contexto de la sociedad del siglo XII, sin convertirla en una aprobación indiscriminada de toda conducta cometida durante la expedición.

Los ataques contra judíos, los saqueos, las luchas entre cristianos y las decisiones movidas por ambición territorial contradijeron los principios de justicia, caridad y respeto a la dignidad humana. La protesta de san Bernardo, de Eugenio III y de varios obispos contra la violencia antijudía confirma que la Iglesia no identificaba automáticamente toda violencia perpetrada bajo el signo de la cruz con una acción legítima.8

La segunda cruzada pertenece a una etapa en la que la Iglesia latina intentaba ordenar la violencia social mediante la penitencia, el derecho y la autoridad pontificia. Su historia muestra tanto la fuerza de la religiosidad medieval como los peligros de mezclar la defensa armada, la rivalidad política y la búsqueda de beneficios temporales.

Conclusión

La Segunda cruzada fue una empresa internacional, penitencial y multiteatral, convocada por Eugenio III y predicada por san Bernardo después de la caída de Edesa. Sus campañas abarcaron Siria, la península ibérica, las fronteras germánicas y el Mediterráneo. La expedición principal fracasó ante Damasco, mientras las tensiones entre latinos, bizantinos y poderes musulmanes impidieron una estrategia común.

Su legado fue ambivalente: debilitó el prestigio de la cruzada, facilitó la consolidación de Nur al-Din y preparó el ascenso de Saladino, pero también reforzó los vínculos políticos y espirituales que conectaban a Europa occidental con los Estados latinos de Oriente. La teología de la penitencia y de la indulgencia explica la fuerza religiosa del movimiento, aunque no absuelve las violencias cometidas ni elimina la complejidad moral y política de sus protagonistas.

Citas y referencias

  1. Cruzadas, las, Edward G. Farrugia. Diccionario enciclopédico del Oriente cristiano, Cruzadas, las (2015). 2
  2. Papa #167: Beato Eugenio III, Magisterio IA. Breve historia de los papas de la Iglesia Católica, Papa 167 (2024). 2
  3. Constantinopla, . Enciclopedia católica, Constantinopla (1913).
  4. B1. De 1054 al Concilio de Florencia (1438-1439), Dicastía para la Promoción de la Unidad Cristiana. Sinodialidad y primacía en el segundo milenio y hoy, 1.8 (2023). 2
  5. El imperio bizantino, . Enciclopedia católica, El Imperio Bizantino (1913). 2 3 4
  6. Cruzadas, . Enciclopedia católica, Cruzadas (1913). 2 3 4 5
  7. Cristiandad, . Enciclopedia católica, Cristiandad (1913).
  8. Historia de los judíos, . Enciclopedia católica, Historia de los judíos (1913). 2
  9. Quodlibet II: Se hicieron preguntas sobre Cristo, ángeles y hombres. - Pregunta 8: Se hicieron dos preguntas sobre el perdón de los pecados: - Artículo 2: ¿Tiene un indulgencia plenaria un cruzado que muere antes de emprender el viaje por mar por sus pecados? , Tomás de Aquino. Preguntas misceláneas (Quaestiones quodlibetales), 253.
  10. Quodlibet II: Se hicieron preguntas sobre Cristo, ángeles y hombres. - Pregunta 8: Se hicieron dos preguntas sobre el perdón de los pecados: - Artículo 2: ¿Tiene un indulgencia plenaria un cruzado que muere antes de emprender el viaje por mar por sus pecados? , Tomás de Aquino. Preguntas misceláneas (Quaestiones quodlibetales), 258. 2
  11. Quodlibet II: Se hicieron preguntas sobre Cristo, ángeles y hombres. - Pregunta 8: Se hicieron dos preguntas sobre el perdón de los pecados: - Artículo 2: ¿Tiene un indulgencia plenaria un cruzado que muere antes de emprender el viaje por mar por sus pecados? , Tomás de Aquino. Preguntas misceláneas (Quaestiones quodlibetales), 252.
  12. Quodlibet II: Se hicieron preguntas sobre Cristo, ángeles y hombres. - Pregunta 8: Se hicieron dos preguntas sobre el perdón de los pecados: - Artículo 2: ¿Tiene un indulgencia plenaria un cruzado que muere antes de emprender el viaje por mar por sus pecados? , Tomás de Aquino. Preguntas misceláneas (Quaestiones quodlibetales), 257.
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