Los Estados latinos de Oriente
La primera cruzada había culminado con la conquista de Jerusalén en 1099 y la creación de varios principados latinos en Oriente: el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía, el condado de Trípoli y el condado de Edesa. Estos territorios dependían de una combinación frágil de fortificaciones, alianzas locales, ayuda occidental y rivalidades entre las potencias musulmanas.
El condado de Edesa ocupaba una posición avanzada y vulnerable. Sus territorios quedaban expuestos a los principados musulmanes del norte de Siria y de Mesopotamia, mientras que Antioquía y Jerusalén carecían de una comunicación segura y directa con Europa. La conquista de Edesa por Zenguí en 1144 constituyó, por tanto, una grave conmoción política y religiosa para la cristiandad latina. La pérdida de la ciudad representó el primer gran retroceso de los Estados cruzados desde la conquista de Jerusalén. La tradición histórica de las cruzadas vincula directamente el nacimiento de la segunda expedición con la recuperación musulmana de Edesa.1,2
Zenguí murió en 1146, pero su hijo Nur al-Din heredó sus dominios y continuó la política de unificación de Siria. La amenaza no consistía únicamente en una ofensiva aislada contra una ciudad fronteriza: la progresiva concentración del poder musulmán podía poner en peligro la división política que había permitido sobrevivir al reino de Jerusalén y a sus principados vecinos.
La situación de Bizancio
El Imperio bizantino desempeñaba un papel decisivo en cualquier expedición occidental hacia Siria. Constantinopla controlaba las principales rutas terrestres de Asia Menor y conservaba intereses directos en Antioquía, Cilicia y los territorios que los cruzados habían ocupado durante la primera cruzada.
Las relaciones entre los cristianos latinos y los griegos bizantinos estaban marcadas por la desconfianza mutua, pero no por una hostilidad permanente e inevitable. Los bizantinos temían que los grandes ejércitos occidentales actuaran como fuerzas independientes, ocuparan ciudades imperiales o alterasen el equilibrio político de Oriente. Los cruzados, por su parte, sospechaban que el emperador podía utilizar la diplomacia, los suministros y las rutas imperiales para limitar su libertad de acción.
La memoria de la primera cruzada pesaba sobre ambas partes. El contacto entre las dos civilizaciones cristianas había producido tensiones porque los bizantinos consideraban a los ejércitos occidentales una amenaza potencial, mientras que muchos latinos contemplaban a los griegos como cristianos políticamente poco fiables y litúrgicamente alejados de sus propias costumbres.3,4
Durante la segunda cruzada gobernaba Bizancio el emperador Manuel I Comneno, que había subido al trono en 1143. Manuel no mantuvo una política simple de oposición o colaboración. Intentó preservar la seguridad imperial, controlar el paso de los ejércitos y aprovechar la presencia de los cruzados para contener a sus enemigos, especialmente los normandos de Sicilia. La alianza de Manuel con Conrado III contribuyó a neutralizar temporalmente el poder normando, mientras que el emperador aprovechó la guerra para recuperar Corfú y proyectar su influencia en el Adriático.5

