La autoría de la Segunda epístola de San Juan se atribuye de manera unánime en la tradición católica al apóstol Juan, hijo de Zebedeo, uno de los doce discípulos de Jesús y autor del cuarto Evangelio. El texto se presenta como escrito por el anciano (ho presbuteros en griego), un título que, según los Padres de la Iglesia, se refiere al apóstol Juan en su vejez, no a un presbítero distinto. Esta identificación se basa en la similitud estilística y temática con la Primera epístola de Juan y el Evangelio joánico, donde se repiten expresiones como «la verdad» y «el amor de Dios».
La autenticidad de la epístola fue atestiguada tempranamente por los Padres apostólicos y los escritores eclesiásticos primitivos. Por ejemplo, San Policarpo de Esmirna, en su Epístola a los Filipenses (siglo II), alude al versículo 7 de la Segunda epístola, lo que sugiere una cita implícita o directa. San Ireneo de Lyon, en su obra Contra las herejías (finales del siglo II), cita explícitamente el versículo 10 como palabras del «discípulo del Señor», refiriéndose a Juan. Asimismo, el Canon Muratoriano (circa 170 d.C.) menciona dos epístolas de Juan, y San Clemente de Alejandría distingue la «epístola mayor» de las menores, reconociendo al menos dos.
En la era patrística, algunos debates surgieron sobre la canonicidad de las epístolas menores de Juan debido a su brevedad y estilo personal, pero la Iglesia las defendió vigorosamente. Eusebio de Cesarea, en su Historia eclesiástica (siglo IV), las clasifica entre los antilegomena (disputados), pero afirma su pertenencia al evangelista o a alguien de nombre similar. El Concilio de Hipona (393) y el Concilio de Cartago (397) las incluyeron en el canon, y el Concilio de Trento (1546) las proclamó inspiradas e infalibles, cerrando cualquier controversia.1 Críticos modernos, como en comentarios católicos contemporáneos, destacan las «similitudes estilísticas y lingüísticas» con el resto del corpus joánico, sugiriendo un mismo autor, posiblemente el «discípulo amado» del Evangelio, aunque sin certeza absoluta sobre si es idéntico al apóstol Juan hijo de Zebedeo.2
Esta atribución refuerza la unidad del pensamiento joánico, donde la epístola sirve como complemento pastoral al Evangelio, enfatizando la encarnación real de Cristo contra doctrinas que negaban su humanidad.

