La autenticidad de la Segunda epístola de San Pedro ha sido un tema de discusión en la tradición cristiana desde los primeros siglos. A diferencia de la primera epístola, que gozó de una aceptación más temprana y amplia, esta segunda carta presenta evidencias de una recepción más gradual en la Iglesia primitiva. Los Padres Apostólicos y escritores eclesiásticos de los siglos I y II, como Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía o Policarpo, no citan explícitamente este texto, aunque se encuentran alusiones posibles en obras como la Didaché o el Pastor de Hermas.1 La primera mención clara se atribuye a Teófilo de Antioquía alrededor del año 180, y su inclusión en la versión Itala antigua confirma su circulación temprana, aunque ausente en la siríaca.
En la Iglesia católica, la autenticidad se defiende con solidez por teólogos como San Roberto Belarmino, quien argumenta que el texto contiene referencias directas a eventos exclusivos del ministerio de Pedro, como la Transfiguración en el monte, presenciada solo por Pedro, Santiago y Juan según los Evangelios.2 Belarmino subraya que negar la autoría petrina implicaría admitir un error intolerable en el canon, ya que el autor se presenta como «Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo». La controversia se resolvió definitivamente en los concilios del siglo IV, como el de Roma (382) y el de Hipona (393), donde se incluyó en el canon neotestamentario. Hoy, el Magisterio católico la considera plenamente inspirada, priorizando las fuentes patrísticas y conciliares sobre dudas modernas.
Aunque algunos eruditos contemporáneos cuestionan su origen petrino por diferencias estilísticas con la primera epístola —como un griego más helenizado o alusiones a temas paulinos—, la tradición católica resuelve estas tensiones atribuyendo la redacción a un secretario o a la madurez del apóstol en sus últimos años. La encíclica Providentissimus Deus de León XIII (1893) reafirma la inerrancia de todos los libros sagrados, incluyendo este, contra interpretaciones racionalistas.

