Elías y Eliseo: capítulos 1-8
El libro comienza con la enfermedad de Ocozías. En lugar de acudir al Dios de Israel, el rey consulta a Baal-Zebub, divinidad de Ecrón. Elías anuncia que el monarca morirá por haber buscado una respuesta fuera de Dios. La confrontación entre el profeta y los enviados reales presenta la autoridad de la palabra divina frente al poder político.
El capítulo segundo narra la asunción de Elías. El profeta atraviesa el Jordán, y Eliseo pide recibir una «doble parte» de su espíritu. La petición no expresa necesariamente el deseo de superar a Elías, sino la solicitud propia de un heredero espiritual. Después de la desaparición de su maestro, Eliseo recoge su manto y repite el gesto de dividir las aguas del Jordán. Los profetas reconocen que el espíritu de Elías permanece en él.
Los capítulos siguientes relatan numerosos signos realizados por Eliseo:
- La purificación de las aguas de Jericó.
- La multiplicación del aceite de una viuda.
- La resurrección del hijo de la sunamita.
- La curación de Naamán, jefe del ejército arameo.
- La recuperación de un hierro perdido en el Jordán.
- La protección de Dotán frente al ejército arameo.
- El anuncio de la liberación de Samaría durante una hambruna.
Estos episodios presentan al profeta como mediador de la compasión de Dios. La acción divina alcanza a viudas, extranjeros, soldados, campesinos y ciudades enteras. La curación de Naamán posee una importancia especial porque muestra que la gracia de Dios no queda encerrada en las fronteras de Israel.
La rebelión de Jehú: capítulos 9-11
Eliseo ordena ungir rey a Jehú, comandante del ejército. Jehú recibe la misión de destruir la casa de Ajab, responsable de la expansión del culto a Baal y de la persecución de los profetas del Señor.
Jehú mata a Joram, rey de Israel, y a Ocozías, rey de Judá, además de Jezabel y numerosos miembros de la casa de Ajab. Después elimina el culto oficial a Baal en Israel. La narración presenta esta revolución como cumplimiento de un juicio profético contra la dinastía de Ajab.
Sin embargo, el juicio sobre Jehú no es completamente positivo. Aunque destruye el culto de Baal, mantiene los becerros de oro establecidos por Jeroboán en Betel y Dan. El autor considera que esta reforma resulta insuficiente porque no restablece la fidelidad plena al Señor.
Los capítulos 9-11 forman una unidad literaria compleja. El estudio de su composición atiende a la relación entre los relatos de Jehú de Israel y de Joás de Judá, así como a las variantes entre el texto hebreo, la traducción griega de los Setenta y la Vetus Latina.
En Judá, Atalía intenta eliminar la descendencia real y ocupa el trono. El sacerdote Yehoyadá organiza la protección de Joás, hijo de Ocozías, que todavía era un niño. La proclamación de Joás como rey y la muerte de Atalía preservan la continuidad de la casa de David.
Reyes de Israel y Judá hasta la caída de Samaría: capítulos 12-17
Los capítulos 12-16 alternan los reinados de Judá e Israel. El narrador conserva una fórmula característica: indica la duración del reinado, identifica al monarca contemporáneo del reino vecino y ofrece una valoración religiosa de su conducta.
En Judá aparecen Joás, Amasías, Azarías u Ozías, Jotán y Ajaz. En Israel desfilan Joacaz, Joás, Jeroboán II, Zacarías, Salún, Menajén, Pecajías, Pecaj y Oseas. Las intrigas palaciegas, los golpes de Estado y las guerras exteriores muestran la inestabilidad del reino del Norte.
El reinado de Ajaz de Judá representa uno de los momentos más graves de infidelidad. El rey adopta prácticas cultuales extranjeras y busca apoyo político en Asiria. La alianza con Tiglatpiléser III salva temporalmente a Jerusalén, pero convierte a Judá en un reino dependiente y prepara nuevas dificultades.
La caída de Samaría
El capítulo 17 narra la conquista de Samaría por Asiria. Oseas, último rey de Israel, intenta liberarse del dominio asirio y busca apoyo en Egipto. Salmanasar V inicia el asedio, y Sargón II completa la conquista hacia el año 722 antes de Cristo.
La población del reino del Norte es deportada y sustituida parcialmente por grupos procedentes de otras regiones del imperio asirio. El capítulo ofrece una interpretación teológica de la catástrofe: Israel ha abandonado la alianza, ha seguido a otros dioses y ha despreciado las advertencias de los profetas.
El texto no reduce la caída a una derrota militar. La presenta como consecuencia de una prolongada infidelidad colectiva. El culto ilegítimo, la idolatría y el rechazo de la palabra profética afectan tanto a los reyes como al pueblo.
Ezequías y la amenaza asiria: capítulos 18-20
Tras la desaparición del reino de Israel, la narración se concentra en Judá. Ezequías aparece como uno de los grandes reyes reformadores. Destruye santuarios ilegítimos, elimina símbolos cultuales vinculados a prácticas idolátricas y orienta la vida religiosa hacia la fidelidad al Señor.
En el año 701 antes de Cristo, Senaquerib invade Judá. El ejército asirio conquista numerosas ciudades fortificadas y amenaza Jerusalén. El relato contrapone la arrogancia de los enviados asirios con la confianza de Ezequías, que acude al templo y solicita la intervención divina.
El profeta Isaías anuncia la liberación. Jerusalén no cae, y el ejército asirio abandona el territorio. El episodio no pretende exaltar la capacidad militar de Judá, sino mostrar que la seguridad del pueblo depende de Dios y no de alianzas políticas o recursos bélicos.
El capítulo 20 cuenta la enfermedad de Ezequías, su oración y su curación. Después, el rey recibe a los enviados de Babilonia y les muestra sus tesoros. Isaías interpreta imprudentemente esa conducta como anuncio de una futura deportación de las riquezas y de los descendientes de la casa real.
Manasés y Josías: capítulos 21-23
El reinado de Manasés contrasta radicalmente con el de Ezequías. El rey restaura cultos idolátricos, promueve prácticas condenadas por la ley y llena Jerusalén de violencia. El narrador atribuye a sus pecados una responsabilidad decisiva en el destino posterior de Judá.
La valoración de Manasés explica por qué la reforma de Josías no consigue evitar definitivamente la destrucción de Jerusalén. La culpa acumulada durante generaciones ha alcanzado una gravedad que el arrepentimiento posterior no elimina por completo dentro de la lógica histórica del libro.
Josías emprende la gran reforma religiosa de Judá. Durante las obras del templo aparece un libro de la Ley. La lectura de sus palabras provoca la conmoción del rey, que reconoce la distancia entre la vida nacional y las exigencias de la alianza.
Josías renueva el pacto, centraliza el culto en Jerusalén, destruye altares ilegítimos y combate las prácticas idolátricas. La reforma alcanza incluso el antiguo santuario de Betel, lugar asociado desde Jeroboán con el culto rival del reino del Norte.
A pesar de su fidelidad, Josías muere en la batalla de Meguido contra el faraón Necao. Su muerte debilita a Judá y abre la etapa final de la monarquía. El libro presenta así una paradoja teológica: un rey justo puede retrasar el castigo, pero no siempre consigue borrar las consecuencias de la infidelidad acumulada.
La caída de Jerusalén: capítulos 24-25
Los últimos capítulos narran la expansión babilónica bajo Nabucodonosor II. Joaquín se rebela contra Babilonia y Jerusalén sufre el primer asedio. El rey, la corte, los artesanos y buena parte de la población marchan al destierro.
Sedecías, colocado en el trono por Nabucodonosor, también se rebela. En el año 586 antes de Cristo, el ejército babilónico rompe las murallas de Jerusalén. Sedecías intenta huir, pero es capturado; sus hijos mueren delante de él y después queda ciego.
Los babilonios incendian el templo, el palacio y las casas principales. Destruyen las murallas y deportan a la población. La pérdida del templo y de la ciudad santa constituye el punto culminante de la tragedia narrada por el libro.
El relato termina con una nota de esperanza: Evil-Merodac, rey de Babilonia, libera a Joaquín de la prisión, le concede un lugar de honor y le permite comer habitualmente en la mesa real. La monarquía davídica queda reducida a una figura desterrada, pero no desaparece por completo de la memoria bíblica.