La necesidad de una formación específica para los candidatos al sacerdocio ha sido una preocupación constante en la Iglesia. Desde los primeros siglos, los obispos y las comunidades monásticas establecieron centros donde se impartía a los clérigos una educación en humanidades, teología y una conducta adecuada a su vocación1.
El concepto moderno de seminario, sin embargo, se formalizó con el Concilio de Trento (1545-1563)2. Conscientes de la vital importancia de un clero bien formado para la renovación de la Iglesia después de la Reforma Protestante, los Padres conciliares decretaron en su XXIII sesión (15 de julio de 1563) la erección de un seminarium perpetuum en cada diócesis3,2,4,5,6. Este decreto estableció la ley fundamental de la Iglesia para la educación de los sacerdotes y fue considerado un paso adelante tan significativo que, según el historiador Hubert Jedin, por sí solo justificó la celebración del Concilio de Trento6. San Carlos Borromeo fue uno de los promotores más entusiastas de esta institución, fundando varios seminarios en su diócesis de Milán4.
A lo largo de los siglos, la Santa Sede ha continuado desarrollando y perfeccionando las directrices para los seminarios, adaptándolas a las necesidades espirituales y culturales del clero en diferentes épocas y lugares5. Papas como León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII y San Juan XXIII, entre otros, han destacado la importancia de los seminarios y han emitido instrucciones específicas sobre la formación sacerdotal2,5. En 1908, San Pío X reservó la jurisdicción sobre los seminarios a la Sagrada Congregación Consistorial, y más tarde, Benedicto XV creó la Sacra Congregatio de Seminariis et Studiorum Universitatibus, un dicasterio específico para los seminarios y las universidades3.
El Concilio Vaticano II (1962-1965), en su decreto Optatam Totius, reafirmó la necesidad de los seminarios mayores para la formación sacerdotal, enfatizando que toda la formación debe orientarse a hacer de los estudiantes «verdaderos pastores de almas a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor»3,7.
