La práctica de la Señal de la Cruz tiene raíces antiguas, remontándose a los primeros cristianos del siglo II4. Inicialmente, los cristianos trazaban una pequeña cruz con el pulgar o el dedo en sus frentes4. Este gesto estaba asociado con referencias bíblicas que hablaban de una marca o sello, como en Ezequiel 9:4 y Apocalipsis 7:3, 9:4 y 14:1, que simbolizaban la protección divina y la pertenencia a Dios4.
Padres de la Iglesia como Tertuliano (siglo II-III) ya atestiguaban esta costumbre, mencionando que los cristianos se santiguaban la frente en todas sus actividades cotidianas: al salir y entrar, al vestirse, al comer, al acostarse y al levantarse4. San Cirilo de Jerusalén, en el siglo IV, exhortaba a los fieles a no avergonzarse de confesar al Crucificado, haciendo la cruz como un sello en la frente y en todo lo que hacían: sobre el pan, las copas, al viajar, al descansar, al dormir y al despertar4.
Con el tiempo, la práctica se extendió a marcar objetos y, posteriormente, a trazar una cruz más grande sobre todo el cuerpo4. Epifanio y Sozomeno, historiadores eclesiásticos, relatan cómo se hacían cruces en el aire para bendecir o para invocar protección contra el mal4. Este desarrollo culminó en la forma más común que conocemos hoy, trazada desde la frente hasta el pecho y de un hombro al otro4.

