El sensus fidei es una característica inherente a todo el cuerpo de los fieles, quienes, al haber recibido la unción del Santo (cf. 1 Jn 2:20 y 27), no pueden equivocarse en asuntos de creencia1,2. Esta capacidad sobrenatural es despertada y sostenida por el Espíritu de la verdad, manifestándose en un consentimiento universal en cuestiones de fe y moral, que abarca «desde los obispos hasta el último de los fieles»1,2. Por medio de este sentido de la fe, el Pueblo de Dios, guiado y obediente a la autoridad de enseñanza sagrada (Magisterio), recibe no meras palabras humanas, sino verdaderamente la Palabra de Dios (cf. 1 Tes 2:13), la fe entregada de una vez por todas a los santos (cf. Judas 3)1,2.
Este don permite al pueblo no solo adherirse infaliblemente a la fe, sino también penetrarla más profundamente con un juicio correcto y aplicarla más plenamente en la vida diaria2. El sensus fidei es una participación del Pueblo de Dios en el oficio profético de Cristo2,3.
Sensus Fidei Fidelis y Sensus Fidei Fidelium
El concepto teológico del sensus fidei abarca dos realidades distintas pero estrechamente relacionadas4:
Sensus fidei fidelis: Se refiere a la capacidad personal del creyente, dentro de la comunión de la Iglesia, para discernir la verdad de la fe4. Es una especie de instinto sobrenatural que posee una connaturalidad vital con el objeto mismo de la fe3.
Sensus fidei fidelium: Se refiere a una realidad comunitaria y eclesial, el instinto de fe de la propia Iglesia, por el cual reconoce a su Señor y proclama su palabra4. La convergencia (consenso) de los bautizados en una adhesión vivida a una doctrina de fe o a un elemento de la praxis cristiana es un criterio seguro para reconocer si una doctrina o práctica particular pertenece a la fe apostólica4,5.
